Apocalipsis

Norbert y Eberhard pasean un miércoles de julio a la orilla del canal de la Königsallee de Dusseldorf. Norbert habla acaloradamente y Eberhard asiente algo rígidamente a las palabras de su compañero. Ambos se afanan en sortear a una muchedumbre que rebosa la calle en época de ofertas y chollos.

- Al fin derrotamos a esos ladrones griegos. Esos vagos pretendían robar nuestro dinero descaradamente ¡Sinvergüenzas! ¡Habrase visto semejante desfachatez y chulería! Ya viste a ese monstruo de Varoufakes que…

- Varoufakis, querrás decir-, interrumpe Eberhard con voz quebrada.

- Sí, ese, como se llame. Valiente chulo, robaperas. Parece un mercader de putas en el ágora de Atenas. Con esa camiseta y la moto. Pero le hemos dado para el pelo al calvo ese de los cojones. Una gorda y un paralítico han acabado con la bestia fornicadora y con su acólito Chiritas… y ¡no me corrijas, por Dios!-. Eberhard se traga el aliento, estira el cuello y acelera el paso.

- Que paguen lo que nos deben, solo faltaba. Nada de quitas, ni de estructurar la deuda, ni de triquiñuelas de bucaneros de pacotilla. Y van y se hacen los demócratas con el referéndum, un teatrillo, una farsa griega. Nos van a dar lecciones a nosotros de libertad, a nosotros que ya hemos arreglado las casas de españoles, portugueses, irlandeses, italianos y demás tribus medievales. A nosotros con semejante burla. Y ¿de qué ha servido? ¿Eh? ¿Dime, de qué ha servido?-. Esta vez Eberhard reprime el ademán.

- Ganan el referéndum y ¿de qué les ha servido? La bestia se larga con las orejas gachas a lucirse por los platós y el otro firma amedrentado porque si no tiene que echar la persiana. Hemos ganado y Grecia es una nueva tierra donde por fin reina la justicia…

- ¡Aleluya!-, musita Eberhard para sí mismo.

- Bueno Ebi, basta ya de cháchara que tenemos que comprar los regalos de tu aniversario de boda y los del cumpleaños de mi mujer. He visto dos tiendas más allá, en Hilfiger unos bolsos… o nos acercamos a Cartier…

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Adome se prepara un te terroso bajo las lonas de su choza en el “desierto”, la ciudad improvisada, verdadero vertedero humano, en las arenas de Calais. El verano flamenco no calienta su piel sudanesa y el capote de pescador que mercadeó en Lille apenas le corta el viento que se cuela por los maderos apolillados. Adome recuerda su tierra con nostalgia y con esa resignación aprendida y heredada, recuerda sus últimos años en Sudan del sur, un país invadido, troceado y esquilmado por imperios occidentales y recreado por dos etnias que se destrozan por viejos conflictos de lindes y vacas. Adome es dinka y tiene terror a los nuer. Desconoce que dos chozas mas allá dormita Luka, nuer que huyó de una muerte segura a manos de un dinka enloquecido por viejas historias tribales. Adome recuerda la noche de su miedo, todavía era un niño de apenas trece años, trabajaba solo, fuera de casa como cuidador de las vacas de su familia. Recuerda que aquella noche dormía en el campo junto a los animales cuando los disparos le despertaron, los de verdad. Supo enseguida que no procedían de aquellas eternas peleas por el ganado entre familias vecinas que terminaban con tiros al aire y carreras furtivas. Aquellos disparos sonaban más secos, mas pensados. Eran soldados nuer que Venían a matar a la gente y a robar el ganado. Mucha gente murió. Recuerda el terror que le empujó a correr y correr hasta que los pies se le reventaron, sin mirar atrás, sin pensar en nada ni nadie, solo correr. Pasó esa noche y la siguiente agazapado en una cueva y cuatro años más en un campo de refugiados, bajo plásticos y esperando la limosna occidental. Nunca supo más de sus padres.

El desagradable sabor del té le recordó vivamente que aquella noche escondido en la madriguera de alguna alimaña se prometió que no viviría más en Sudán. Y allí estaba a punto de cumplirla. Dos golpes ligeros en los travesaños de la chabola le despertaron de sus ensueños. Se levantó de inmediato, se abrochó el capote hasta el cuello, cogió el cortafrío y salió al encuentro del grupo de conjurados.

- Sargento ¿con cuántos efectivos más contamos a este lado del túnel?

- Ciento veinte, mi capitán.

- ¡Mierda! Con eso no hacemos nada. Esos subsaharianos vienen por hordas y pelean como bestias desesperadas. Ya se lo dije al delegado que necesitábamos un mínimo de quinientos hombres en el destacamento a pie de túnel y otros cien en la comisaría para gestionar las detenciones y deportaciones. Estos políticos no saben con que se la están jugando… ¿Ya ha terminado la faena de hoy?

- Parece que sí, no se ven más emigrantes cerca de los camiones.

- ¿Y, bien?

- Treinta detenidos intentando abordar dos camiones después de haber forzado la cerradura.

- Y ¿los camioneros se dejan hacer?-, interrumpe el oficial.

- Dicen que les dan miedo.

- Prosiga - ordena tras un mohín de desprecio.

- Una carga contra un grupo de unos trescientos emigrantes que pretendían irrumpir en las instalaciones del eurotunel que se saldó con veintitrés detenidos más y un guardia herido por golpe de piedra en la frente…

- ¿Quién es y cómo está?- exige inquieto.

- Albert Colmais, de Dunkerke. Le han practicado una cura con dos puntos y ya está en casa.

- Bien, continúe.

- Dos subsaharianos muertos por atropello de camión que están en el depósito a falta de ser identificados.

- ¿Alguna pista sobre su identidad?

- No, nada hasta ahora. Aquí sobre la mesa están sus pertenencias. Poca cosa.

El capitán dirige una mirada rutinaria a los dos hatillos minúsculos. Los revisa en escorzo y suspende con dos dedos un viejo capote de pescador roto y ensangrentado.

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Llovía aquella tarde en la industriosa ciudad del norte. Estrella y su marido esperaban al autobús junto con sus dos hijos pequeños, Maria y Rafael. Rafael se entretenía manoseando un muñeco desmontable de alguna película de Disney, Maria prestaba atención de la discusión que sus padres mantenían mientras miraba para otro lado.

- Te he dicho ya muchas veces que cuando yo me voy a mis cosas tú te vas a casa con los niños. Nada de pavonearte por las tiendas, que ya me tienes hartito, ¿entiendes? ¡Hartito!

- Pero si yo no…

- ¡Eh! Ojito con llamarme mentiroso que te enteras, que eres una fresca. Ya me han dicho lo mucho que te gusta emperejilarte y salir a lucir palmito. Pero, ¡¡¿tú qué coño te crees?!!

El último grito del marido lo escuchó sin pestañear el conductor del autobús que, con la puerta abierta, esperaba a que el grupo subiera. Estrella advirtió a su marido con un gesto. Este, fuera de sí, amenazando con los puños, se giró abruptamente sobre sus talones y se disponía a desafiar a quienquiera que le estuviera espiando. Se calmó de golpe, arrastró al pequeño que gimoteó y subió al urbano. Estrella le siguió con María.

Él se sentó en el balconcillo de la puerta junto al niño, Estrella se apoyó en un cristal lejos de su marido, María se agarró con fuerza a una barra cercana a su madre. La calma duró parada y media. El hombre llevaba mascullando sus quejas varios minutos cuando algo se le aflojó dentro, se levantó sobre el asiento y gritó.

- No, si esto ya lo sabía yo. ¡Puta, que eres una mala puta! Te vas a bajar conmigo y que te vea yo desfilar para casa.

Los gritos sobrepasaban el ruido del motor y las conversaciones. Se hizo un silencio helador. Los pasajeros, aparentemente ajenos a la discusión, miraban por las ventanas, atendían a sus móviles o leían su ebook.

- Pero si ya te dije que íbamos a ver a mi madre.

- ¡Qué madre, ni mierda! ¡Tu madre es como tú, una vieja puta! ¡Te bajas conmigo por mis cojones y que yo te vea entrar por el portal o te arranco la cabeza!

Estrella aspiró profundamente, se encaró con su marido y le soltó.

- Tu eres un mierda borracho y trapichero que no vales lo que un botón de una camisa. Yo voy donde mi madre porque me de la gana y porque quiero que vea a los niños que hace mas de un mes que no les ve, ¿te enteras?

Maria agarraba la barra con las dos manos, con una fuerza excesiva, innecesaria. Miraba hacia la ventana más lejana y se mordía ligeramente el labio. Rafael, ajeno en un principio, empezó a gimotear.

- Y tú ¿por qué coño lloras ahora?

Y le zarandeó. El niño calló instantáneamente, bajo del asiento y se agarró a su madre, tiritando y sin el muñeco. Algunos viajeros miraban el espectáculo de soslayo, furtivamente. Solo las paradas que se sucedían rutinariamente ocasionaban cambios entre ellos.

- Mira, mujer, me bajo en la próxima y tú y tus hijos también sino queréis que esto acabe en tragedia.

- Ya te he dicho que vamos a ver a mi madre y así va a ser, te guste o no.

- Mira que eres zorra y puta. Ya veremos si tienes cojones para llevarme la contraria.

El autobús se detuvo, el marido se apeó despacio, desafiando a su esposa con gestos y gritos. Estrella ni pestañeó, devolviendo la mirada al hombre. El autobús cerró la puerta. Maria soltó la barra y se acercó a su madre. El marido gritaba en silencio tras el cristal, cerrando los puños ridículamente.

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Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (App 21/4)

 

Joseba Molinero