Pessoa

Fernando Pessoa era muy metódico en sus hábitos, casi rutinario. Todos los días por la mañana, al filo del mediodía, excepción hecha de las ausencias motivadas por algún viaje, enfermedad o imprevisto, acudía al café A Brasileira, cercano a su domicilio. Le gustaba sentarse solo, sin importarle demasiado en qué rincón; aunque, a veces, compartía mesa con algún parroquiano del café, con el que conversaba sobre lo humano y lo divino, sobre todo y nada. Permanecía allí hasta bien entrada la tarde, bebiendo alcohol. Ya de noche, regresaba a casa, normalmente ebrio.

Lisboa, entonces, era una barca zarandeada por las olas de una mar sin nombre ni límite que, impúdica, anegaba su consciencia de melancolía, pensamientos y versos a la deriva que, luego, en sus horas de insomnio, desparramaba en fatalidad, angustias, sueños incumplidos, alas rotas de mariposa, soledades enajenadas en heterónimos y muerte.

En cierta ocasión, cuando apuraba ya su tercera copa, ensimismado en la búsqueda de una salida del laberinto de un poema, un individuo de aspecto inquietante se le acercó y le pidió permiso para sentarse a su mesa. Pessoa no puso ninguna objeción, es más, con amabilidad le ofreció la silla que ocupaba con su chaqueta, y el extraño personaje se sentó frente a él.

Se presentó con el nombre de Alberto Caeiro, de profesión intrigante de la objetividad. A Pessoa le pareció una forma excelente de iniciar una conversación, y no lo interrumpió.

– Soy un investigador de la realidad, un poeta de la materia. Para mí, la realidad es la objetividad misma, sin impresiones subjetivas. Una perspectiva metafísica de lo real sensible no tiene ningún sentido –dijo Caeiro.

Pessoa, un tanto abrumado, le respondió:

– Te equivocas, amigo. La realidad es la fatalidad de un equilibrio imposible entre la sinceridad y el fingimiento, una dialéctica absurda del consciente y el inconsciente. La poesía, por ello, ha de ser un análisis lúcido y cristalino de las emociones, un ejercicio de paroxismo que concluya en la expresión objetiva de las mismas. La poesía es la representación estética de las inquietudes metafísicas, que a través de ella cobran forma de soneto u oda.

Caeiro, muy irritado, levantó la voz:

–¡No! ¡No! Eres un nostálgico de la quintaesencia de la realidad, mi querido amigo; lo mismo que mis discípulos Ricardo Reis y Álvaro de Campos. “Uno, el primero, es un latinista que se inspira en Horacio y se refugia en la sabiduría epicureista para explicar la efímera realidad; y el otro escribe ultimátumes en tono de manifiesto futurista, con ciertos tintes modernistas. Eso…, todos sois unos nostálgicos.

Pessoa esbozó una sonrisa, más bien una mueca, de incredulidad. Era inaudito. Jamás hubiera pensado que alguien le llamara “nostálgico” y, sin embargo, allí estaba Caeiro repitiéndoselo una y otra vez. Verdaderamente era un tipo interesante, un contertulio extraordinario a quien pensaba exprimir al máximo. No necesitó mucho para provocarlo. Bastó con darle la espalda y pedir una nueva ronda para que Caeiro estallara:

– ¡Y dale con el alcohol! Te vengo observando desde hace tiempo y he comprobado que pierdes las tardes trajinando libros de poesía y, sobre todo, embriagándote. Tengo la certidumbre de que bebes y bebes para esconderte de ti mismo en las brumas somníferas de los licores, porque no quieres afrontar la realidad de tus propias e íntimas miserias. Conozco la inmundicia del lodo en que te mueves y la índole del magma sucio y pestilente que te llega hasta el cuello. Conozco la ignominiosa e insufrible circunstancia que te lacera. Y por tanto, sé que estás sumido en el légamo de un absurdo victimismo e inmerso en un pozo de esquizofrenia y de impersonalidad. Por esto te interesas por las cuestiones metafísicas. En tu caso no son una solución a nada, sino un pobre refugio para un perdedor.

Pessoa no daba crédito a lo que oía. ¿Qué sabía aquel vate de la ecuanimidad de su dolor y angustia? ¿Con qué derecho hurgaba en la grieta de los miedos por la que se iban sus jornadas? ¿Acaso él le había dado vela en las exequias por sus penas? ¡No! ¡Claro que no! Caeiro se estaba extralimitando.

– Creo que has ido demasiado lejos. ¡Mira!– le dijo, al tiempo que le mostraba un libro del bolsillo de la chaqueta–. Te sugiero que lo leas. Lo he escrito yo. En estos treinta y cinco sonetos hallarás una respuesta a tu desasosiego.

– Pero… ¡Cómo te atreves! ¡Vaya milonga! –le recriminó Caeiro–. Ya lo conozco. Solo escribes llantos de plañidera trasnochada, solo viertes resignación y derrota, solo salpicas autoengaño. Tu escritura es un repugnante vómito que hiede a vinagre y tu poesía una garrafa desbordada de caldo rancio de desventura. Eres un hombre acabado.

Pessoa rompió a reír a carcajadas. Se sentía a resguardo de aquel chaparrón de moralina de tres al cuarto. Estaba convencido de que la poesía debía ser algo similar a una crónica de una búsqueda de la verdad en el universo caótico de los sentimientos, que únicamente podía realizarse utilizando el caleidoscopio de las impresiones, cuyos cristales limpiaba con alcohol. Tomaba. Sí. Mas el alcohol era el catalizador de sus contradicciones, el elixir de la vida eterna. Era el líquido elemento donde se diluían sus anhelos, frustraciones y sufrimientos, que se transformaba en la tinta con la que luego los escribía derramados en poemas. Caeiro nunca lo entendería. De manera que optó por guardar un mutismo indiferente.

Este también calló. Seguramente esperaba una excusa o un reproche. No se produjo. Y entre los dos se levantó un infranqueable muro de silencio.

A partir de entonces los hechos se sucedieron de un modo vertiginoso: En el rostro de Caeiro se apreciaba un rictus de indignación. Pessoa no se afectó. Siguió con la vista el deambular del camarero entre las mesas. Cuando sus miradas se cruzaron, levantó el brazo y reclamó su presencia. El aludido acudió solícito. Pessoa le pidió otra consumición. Se la sirvió seguido. La ingirió de un solo trago. Caeiro palideció y esbozó una mueca de incredulidad. Después, Pessoa se levantó de la silla, se puso la chaqueta, cogió sus libros y fue a pagar a la barra. Caeiro le acompañó. Allí mismo se separaron.

– Adiós –dijo Pessoa con tono firme y seco, un adiós que bien pudiera haber sido un “no quiero saber más de ti”.

– Adiós –correspondió Caeiro. Y ambos salieron del local.

Pessoa se encaminó hacia su domicilio. Caía una lluvia oblicua, que interseccionaba la perspectiva de la calle. Y la calle era un surco en la mar lisboeta, esa mar de aguas leves en las que él se había hundido tantas veces.

Llegó al piso cansado y empapado por la llovizna. Y una vez que estuvo en el dormitorio, comenzó a desvestirse; pero se quedó paralizado al comprobar que no se encontraba solo. Enfrente, al otro lado de la luna del armario había alguien.

¿Qué sucedía? Juraría que nadie le había acompañado en la travesía de regreso a la vivienda por el área peatonal. Se frotó los ojos, intentando borrar lo que parecía una ilusión. Al abrirlos de nuevo, comprobó con decepción que el misterioso visitante seguía en el mismo sitio.

Ofuscado, entre las centellas de lágrimas de la araña reflejadas en el espejo distinguió a Caeiro. Estaba en calzoncillos, con los calcetines puestos, exactamente igual que él. Le escrutaba con mirada inquisitoria, como preguntando “¿Qué se te ha perdido aquí?”

No entendía qué hacía Caeiro sentado en la cama de su habitación, ni cómo había llegado allí, ni por qué le miraba con aquel gesto de estupefacción. Sintió una sacudida en el estómago y le invadió una náusea profunda. Devolvió sobre el edredón. Se mareó. Dejó caer su cuerpo hacia atrás y quedó tendido, atravesado en la cama. Cerró los ojos, para no ver al intruso; aunque no pudo evitar su presencia. Este estaba tendido en la cama, pringado de vomitona como él, dentro de él.

Nicolás Zimarro