Trascendencia

Eran las tres de la mañana cuando comenzó a sonar el teléfono. Se incorporó con un solo movimiento en el que su cerebro poco tuvo que ver. Miró desorientado alrededor. Se había quedado dormido en el sofá; a sus pies, el borrador de su último artículo repleto de tachaduras le pareció una turbadora masa de lombrices muertas. Se tanteó la frente buscando las gafas y las colocó de nuevo. En el televisor silenciado continuaban emitiendo las mismas increíbles imágenes de unas horas antes, sin perder ni un ápice de su atracción hipnótica, cargadas de belleza en su espantosa crueldad. La cúpula de la basílica de San Pedro mostraba un enorme boquete por el que manaban el humo y las llamas; del edificio de la Capilla Sixtina apenas quedaban restos ennegrecidos. Aquí y allá aún se podían percibir los destellos de las armas de fuego disparando nadie sabía muy bien a quién o a qué. Cerró los ojos unos instantes, como si así pudiese eludir la realidad que le asaltaba desde todos sitios. El teléfono dejó de sonar. A los pocos segundos repiqueteó de nuevo sobre la mesita del salón, enterrado a medias entre notas manuscritas, recortes de periódicos y media docena de cuadernos. Deslizó el dedo sobre la pantalla del móvil y se lo acercó al oído. Sabía lo que iba a escuchar.

— ¡Sal de ahí, Jan! ¡Escapa!

Y a continuación un zumbido monótono y absorbente, adormecedor. Eso era lo único que deseaba, regresar al sueño y evadirse de todo lo que implicaba aquella llamada. Se guardó el aparato en el bolsillo del vaquero y fue hasta el baño. Eludió mirarse en el espejo mientras trataba de dejar atrás las últimas hebras del sopor que aún le atenazaba el cerebro.

Diez minutos más tarde caminaba hacia su vehículo, aparcado unas calles más allá. En la mochila solo llevaba los papeles y cuadernos que había recogido de manera apresurada y sin saber si tendrían ya alguna utilidad. Cuando giró la llave en el contacto, no pudo evitar encoger los hombros en espera del fogonazo que acabaría con su vida. Así sucedía en la ficción, el coche saltaba por los aires y quien había descubierto la conjura dejaba de ser una molestia. El motor arrancó y el suave y preciso ronroneo de la maquinaria sirvió de fondo a la exhalación de un suspiro de alivio.

Condujo hasta la incorporación a la autopista cerca de la ciudad de Faleria y después se dirigió hacia el norte, sin tener una idea clara de adónde dirigirse. En cualquier caso lo más lejos de Roma que fuese posible, aunque estaba seguro de que no serviría de nada. Ni él mismo creyó hasta un par de noches antes lo que había descubierto, y aún así… Todo aquello era una locura, y sin embargo era cierto, estaba sucediendo.

El cielo clareaba cuando se detuvo en un área de descanso para repostar combustible y tomar un par de cafés bien cargados. Se sentó en una mesa apartado de un grupito de jóvenes vocingleros e irritantes. La camarera paseaba desocupada al otro lado de la barra, de vez en cuando lanzaba miradas de soslayo a los jóvenes y luego a él. En uno de esos cruces de miradas la chica se encogió de hombros a modo de disculpa. Era guapa, con una melena negra y brillante recogida en una cola de caballo que casi le llegaba a la cintura. Y feliz en la ignorancia de todo lo que estaba ocurriendo y de la información que portaba en la mochila. Él también habría deseado no conocer todo aquello, volver atrás en el tiempo y seguir siendo feliz e ignorante. Una parte importante de ese rescoldo de felicidad se resumía en pensar que Lidia se encontraba bien. Bastaba con no llamar a Omero, sabía que no debía hacerlo, pero también era consciente de que necesitaba saber de ella, que se hallaba sana y salva en algún lugar seguro. Solo eso. Todo lo demás le era indiferente a esas alturas.

Cinco, seis, siete tonos; por fin un chasquido y después una respiración pausada y regular.

— ¿Omero? —preguntó.

Omero ya no estaba allí. Se supo ridículo mientras el nombre salía de sus labios; imaginó la sonrisa irónica al otro lado del vacío, pero no tuvo tiempo de que la indignación creciera en su interior. Una voz grave y de cuidada pronunciación contestó.

— Omero descansa ya en paz, señor Vadassy.

Apretó los labios y reprimió el vómito que se le mezclaba con el insulto que pugnaba por salir de sus pulmones.

— ¿Y Lidia? —susurró. Y al final sí, al final el insulto escapó—. ¿Dónde está Lidia, hijo de puta?

— Lidia está con nosotros, señor Vadassy —respondió haciendo caso omiso de la ira del otro y remarcando la preposición—. Está deseando unirse a nuestra orden, aunque se muestra dispuesta a hablar con usted antes de… Bueno, creo que ya sabe a qué me refiero, ¿no es así?

La nota de sarcasmo en la voz le taladró el cerebro. Sí, claro que lo sabía, por eso estaba sentado en aquel lugar a casi 300 kilómetros de su hogar. Por eso habían muerto Omero, Jakob y Renzo, los otros redactores de la revista, estaba seguro de ello. Por eso Lidia estaba a punto de trascender, como decían aquellos… individuos. No se atrevía a llamarlos locos. Ya no. Y si ellos lo estaban, también él había dejado las vestimentas de su cordura abandonada en las catacumbas de las termas de Caracalla unos meses antes.

— ¿Y bien, señor Vadassy? ¿Qué debemos responder a la señora Villalba? ¿Acudirá usted?

— ¿Y qué sucederá conmigo, Monseñor Brennes? ¿Qué me harán si regreso a Roma?

De nuevo la respiración pausada envuelta en silencio se deslizó por el auricular hasta inundar su cerebro de certidumbre. Los jóvenes abandonaron el local y el silencio de la línea telefónica se extendió por la cafetería. Quiso asir aún un pedazo de realidad, de sensatez, pero la camarera esquivó su mirada por lo que vio allí: la locura asomaba en sus ojos. La locura y la aceptación.

— Señor Vadassy, ¿conoce usted la paradoja de Zenón de Elea? Ya sabe, lo infinito dentro de lo finito. Cada paso que dé intentando alejarse de nosotros no será más que una fracción infinitesimal de la distancia total. Y la distancia total es algo que está más allá de todo lo que es usted capaz de imaginar. Recuerde que en la paradoja de Zenón no se llega nunca al destino. No siga huyendo, no merece la pena que viva usted en un anhelo perpetuo.

No, sin duda ya todo daba lo mismo. Tenía razón, ¿para qué intentar huir? ¿Para prolongar una agonía sin sentido y sin Lidia? Murmuró un sí quedo y ceñido por las correas del desánimo.

— Es una decisión sabia, señor Vadassy. Ya sabe dónde encontrarnos… —hizo una breve inspiración—. Por cierto, no olvide traer toda la documentación sobre este… asunto…

Apagó el teléfono, se puso en pie y echó una última mirada a la joven del mostrador. Había conectado la televisión y ahora estaba absorta en las noticias que retransmitían. Una lástima. Ya no volvería a dormir tranquila. En realidad nadie lo volvería a hacer. Se acercó al monitor y con gesto mudo le solicitó que subiera el volumen. Se pasó una mano por el pelo, se quitó las gafas y se frotó los ojos. Allí estaba, tal y como había pronosticado en su informe, ese que ya nunca vería la luz. Un nuevo Papa después del golpe de estado en el Vaticano, un golpe de Estado que nadie, salvo él, sabía que se había producido. Un nuevo Papa que iba a cambiar el futuro del mundo si todo lo que había descubierto era acertado. Y la basílica de San Pedro ardiendo le decía que no se equivocaba. Nadie sabría jamás que aquello había sido la toma del poder en la Iglesia Católica por una secta de…, ¿de qué? De alucinados o de profetas. Él mismo no lo tenía claro. No, todo quedaría como el atentado de algún grupo yihadista. En poco tiempo, las guerras de religión se intensificarían, y ello daría a la Iglesia una fuerza que no había tenido en siglos. Así podrían imponer la nueva doctrina que anidaba en las catacumbas de Roma.

— Se encuentra bien, señor? —preguntó la dependienta.

La miró unos instantes y después le sonrió. Ojalá tuviera suerte. A él ya se le había terminado.

Unas horas más tarde aparcó su vehículo en el exterior de las termas de Caracalla. Una figura vestida de negro le abrió la puerta y con gesto amable le indicó que le siguiera. Entraron en la iglesia de la Santa Cruz, atravesaron la nave central desierta y penetraron en la sacristía. Desde allí se accedía al primer nivel de las catacumbas, el que solían visitar los turistas. Caminaron por el laberinto durante quince minutos hasta el punto exacto que él ya conocía de la vez anterior, el que encontró con Lidia mientras creían que solo iban a investigar un culto antiguo y caduco asociado a la pervivencia de las liturgias de los primeros cristianos. Algo con un punto de folclórico, misas en el interior de aquel dédalo de túneles, ritos milenarios. Probablemente tan solo un montaje para atraer turistas y que a ellos dos les redundaría en unos cuantos artículos bien pagados. Como la otra vez, descendieron por una escalera tallada en la roca el equivalente a cinco o seis niveles hasta llegar a una gran estancia iluminada con velas y cirios. Su sombra se agitó sobre cada escarpadura de las paredes; por unos segundos se encontró solo en medio de aquella oquedad tallada dos mil años atrás en el subsuelo de Roma hasta que una voz que rebotó de lado a lado de la caverna le indicó que caminara hacia uno de los portones más próximos. Alguien lo abrió desde el otro lado y penetró en una habitación de dimensiones más modestas. Estaba decorada con muebles salidos de una mansión dieciochesca, las paredes cubiertas de tapices relacionados con la Pasión y alfombras con motivos geográficos. El aire era fresco y puro, como si estuviesen en una casona en mitad de la campiña toscana. Oyó la voz de Monseñor Brennes antes de adivinar cómo su figura se escurría desde detrás de uno de los tapices.

— Gracias por venir, señor Vadassy —dijo el sacerdote sin un asomo de burla.

— ¿Tenía otra opción, Monseñor?

— En realidad sí, aunque mucho más desagradable.

El religioso se recogió la sotana y se sentó detrás de la mesa. En otro tiempo, antes de todo aquello, hubiera experimentado un escalofrío al oír tales palabras, pero hoy no; hoy, él mismo se sorprendía de la tranquilidad que se aovillaba en su estómago. En el fondo no era más que resignación, lo sabía, resignación teñida de incredulidad a pesar de lo que estaba sucediendo. Su interlocutor extendió el brazo sobre la mesa y tomó con delicadeza la mochila de las manos del otro. No la abrió, la sostuvo un momento en el aire y un acólito pareció surgir de la nada para llevársela. Vadassy se encogió de hombros,

— Ahora cumpla usted su parte, monseñor.

Un leve asentimiento con la cabeza fue suficiente para que alguien retirara uno de los tapices, justo el que mostraba el momento de la crucifixión. La puerta que ocultaba se abrió y dejó ver una cavidad mayor que las que hasta entonces había podido adivinar. Con un gesto de la mano le invitó a adentrarse en aquella gruta teñida de una tenue luz anaranjada. Al fondo, capturando de inmediato su atención, una cruz de madera de unos cuatro metros de altura sumergida a medias en la penumbra. Sus pasos se detuvieron de manera involuntaria cuando se dio cuenta de que la imagen que ocupaba la cruz se agitaba. La respiración se le aceleró y su cuerpo se tensó hasta que empezaron a dolerle todos los músculos. No quiso mirar al sacerdote cuando le apoyó la mano en la espalda con suavidad en una muda orden a continuar avanzando. El sonido de sus pasos reverberó en las paredes de la caverna y se mezcló con los quedos gemidos que goteaban desde la figura que pendía del madero. Contuvo la respiración hasta que se encontró a los pies del poste y miró hacia arriba. La certeza de lo que iba a encontrar no le ahorró el espanto. Aunque su cuerpo lacerado y retorcido era difícil de reconocer, se trataba de Lidia sin ninguna duda. Sólo sus ojos, que ese instante se abrieron y le miraron, le recordaron de alguna manera a su esposa. Movía los labios, quería decirle algo. Vadassy se giró hacia el monseñor.

— Le está invitando a seguirla, pero es decisión suya hacerlo. Le advierto de que no es paso sencillo de dar…

Dejó el resto de la frase en el aire; sí, lo podía ver, oír, oler; el sufrimiento de Lidia era espantoso, terrible, y sin embargo ella lo había elegido, había decidido creer en la verdad que aquella gente se disponía a revelar muy pronto.

La voz de monseñor Brennes se impuso a sus reflexiones y a los lamentos de su esposa. Hablaba como si recitara una letanía, él mismo transportado por la sublime imagen de una nueva pasión.

— Nuestro Señor nos mostró el camino para trascender de nuestras envolturas terrenales. El murió en la cruz y resucitó más tarde. Su mente se sublevó ante la propia extinción y trascendió para alcanzar su máxima plenitud. Vino para enseñarnos. Y ahora todos podemos seguir ya su senda.

— ¿Y morir así…, asesinados de esa manera…?

— No, no ha entendido nada, señor Vadassy. No es un asesinato. Al contrario, es el sufrimiento de la pasión lo que otorga en realidad la vida eterna. Después de esto, ella resucitará, y le ofrece que la siga. Estamos dispuestos a concederle su deseo… A usted y todos quienes crean en la palabra de Nuestro Señor.

No podía dejar de mirar el cuerpo agonizante. La incredulidad ante lo fantástico de todo ese extraño misticismo y la certeza de que en lo que estaba sucediendo no sólo habitaba el desvarío luchaban en su interior.

— Lidia va a resucitar y regresará como un fantasma, ¿eso me está contando?

El sacerdote cabeceó con desgana, aburrido ante aquel alumno que no lograba traspasar la superficie del misterio que se desarrollaba ante sus ojos. Desdeñaba aquel privilegio con sus burdas preguntas y dudas.

— Nuestro Señor nos ofreció el grandísimo don que está contemplando. Hasta ahora no habíamos comprendido su mensaje, pero con su venida todo se ha clarificado.

Jan Vadassy apenas tuvo tiempo de girarse con el estupor tallado en su cara. ¿Qué quería insinuar con aquellas palabras? ¿Un paso más en todo aquel despropósito? Brennes ya estaba de rodillas y con la cabeza humillada. De entre las sombras había surgido una figura que parecía oscilar como el reflejo de las nubes en el mar. Era un hombre de estatura media, de unos treinta años y vestido de con unos sencillos pantalones vaqueros y una camiseta blanca. Sus pies desnudos caminaron en silencio hasta colocarse a su altura. En un gesto que a Jan le resultó del todo incongruente en aquella situación, el hombre extendió su mano a modo de saludo. Él hizo lo mismo y se la estrechó. El apretón fue fuerte y sostenido, no encontró la mano flácida habitual entre la gente de la Iglesia. Entretanto el moseñor continuaba de hinojos, con la vista clavada en el suelo, en apariencia ajeno a lo que sucedía a su lado. Cuando el recién llegado le indicó con un gesto que le siguiera, él negó con la cabeza; no estaba dispuesto a alejarse de su esposa agonizante.

— No te preocupes, Jan. Aún no ha llegado el momento.

Al oír la voz de aquel hombre supo que no lograría negarse a nada que le pidiera. A nada. No quería creer que la idea que avanzaba a través de su cerebro pudiese ser cierta, sin embargo nada más podía tener sentido ya.

— ¿Eres…?

No se atrevió a continuar la pregunta. Tampoco fue necesario. La sonrisa de aquel hombre fue suficiente respuesta.

— ¿Jesucristo? ¿El Hijo de Dios? —se encogió de hombros —. Sí, soy ese al que llamáis Jesús. Pero no soy el Hijo de Dios, sólo soy su instrumento.

Extendió sus brazos y durante unos segundos la sangre barbotó desde unas terribles heridas que acababan de abrirse en sus muñecas.

Fascinado, Jan no conseguió apartar la mirada de aquellos dos manantiales hasta que cesó de fluir el líquido rojo ¿Por qué tenían tantos miramientos con él? ¿Por qué no le mataban ya? Todo sería mucho más sencillo. El reposo y la huida definitiva le liberarían del absurdo y la sinrazón.

— Te necesito Jan, quiero que seas uno de mis nuevos evangelistas. Cuando Lidia resucite terminarás de creer, la duda que aún aferra tu corazón se disolverá. Debes trascender. Entonces tú llevarás mi mensaje a todo el mundo.

Las palabras se silenciaron en los labios del hombre y a continuación comenzó a oírlas en el interior de su cabeza. Jan se apretó las sienes en un intento de rechazar las imágenes que se formaban en algún lugar de su cerebro. Una guerra que duraría decenas de años y que se extendería por todo el planeta. Centenares de millones de muertos hasta llegar a la victoria final de la Cristiandad, hasta que la verdad final fuera revelada. Hasta que aquel hombre se elevara por encima de las ruinas aún calientes de las ciudades y anunciara la verdad más demencial y terrible que pudiera caber. Dios no existía, pero él, Jesús lo haría nacer con una pasión universal, con la trascendencia simultánea de los miles de millones de creyentes victoriosos que hubiesen sobrevivido a la guerra. Resucitarían y serían Dios.

Eso es lo que Jan vio detrás de sus ojos. La locura absoluta de aquel hombre. Y creyó en ella.

 

Roberto Sánchez