Azúcar

Un amigo tenía una extraña costumbre. Cada vez que se pedía un café en el bar sacaba una pequeña tijera del bolsillo para hacerle un corte muy cuidadoso al sobre de azúcar. Con alguna dificultad vaciaba el contenido dentro de la taza y luego revolvía ya sin ningún cuidado. No eran pocas las veces que con la excesiva velocidad centrífuga que adquiría el café, la tasa y el platito acababan manchados. Sin embargo, siempre tuvo la precaución de poner el sobre vacío a salvo de su torpeza, y de guardarlo en el bolsillo interno de su americana. Aquella extravagante conducta con los años se fue transformando en una simple curiosidad que ya no merecía la pena desvelar.

Era placentero tomarse un café con él, para cada situación planteada siempre nos sorprendía con una frase corta y contundente, aunque no siempre viniera del todo al caso. Aquella contundencia siempre venía subrayada por el nombre de algún filósofo, escritor o cualquier personaje de alguna relevancia, y por un dedo índice siempre levantado.

Una noche en su casa, mientras él había salido por unas cervezas al almacén de la esquina, le descubrimos una agenda cuyo único contenido era el de innumerables sobres de azúcar pegados con todo esmero en sus páginas en blanco. Esto sucedía por los años ochenta. Muchos años después quisimos convencerle que se abriera una cuenta personal en facebook, y se negó rotundamente. Era evidente que allí ya no podría sorprender a nadie.

Joseba Molinero