¿Para qué huir?

Cada mañana que circulaba por la antigua autopista se preguntaba por el sentido de su misión, aunque la palabra misión otorgara a su actividad una importancia que ya no poseía. La gente tenía bastante con asegurarse el sustento, y en muchos casos con sobrevivir un día más. Después de casi siete años de lucha, la población estaba tan agotada, vivía en tal estado de postración y miseria, sometida a los caciques que poco a poco se habían apropiado del poder, que nadie habría alterado el gesto si hubiese sabido adónde se dirigía. Miró más allá del límite de la siguiente curva, pisó el freno con suavidad y con un leve movimiento del volante esquivó un profundo socavón en el carril del central de la carretera. Aquel tramo de la vía estaba casi intacto y libre de ataques desde el comienzo. En realidad no le importaba demasiado si esa mañana dejaba de ser así; si los morteros comenzaran a caer sobre la calzada en aquel instante, detendría el vehículo y aguardaría a que el sorteo de la muerte le otorgara un final rápido. Algo más adelante, los restos calcinados de varios vehículos ocupaban el arcén izquierdo; hacía exactamente dos años, siete meses y trece días que aquellos hierros renegridos trataban de fundirse con el asfalto quebrado. Ya no se veían los huesos de los ocupantes; durante muchas semanas, al pasar por ese punto, no podía evitar fijarse en la aparente placidez con que uno de los cráneos chamuscados reposaba sobre el respaldo del asiento, la boca abierta en un grito eterno y mudo. Nadie acudió jamás a retirar los cadáveres, ya por entonces los servicios de emergencias habían dejado de funcionar casi del todo. Lo sabía bien, fue aquella mañana la primera que hizo ese mismo recorrido y la última que su hija soportó en aquella sociedad en descomposición. Una muerte más, una tragedia más entre el mar de desolación que ahogaba cada esquina del país; una gota minúscula de dolor que se diluyó en el caos y la angustia que todo lo arrasaban. No lloró, no gritó, no maldijo. Comprendió su decisión, lo que aún no entendía era por qué no había hecho él lo mismo, por qué continuaba yendo cada mañana a cumplir con su deber de policía, de servidor del orden de un Estado que había sobrepasado el límite de la descomposición.

Unos días antes habían oído una vez más los rumores acerca de la llegada de las tropas de la Unión. Parecían más consistentes que en otras ocasiones, pero en el fondo todos sabían que ninguna ayuda iba a llegar del otro lado de la frontera. También allí se estaba yendo todo al infierno; los soldados estarían muy ocupados masacrando a los ciudadanos a los que debían proteger. Más tarde se darían cuenta de que esa no era la solución a la miseria y al hambre; entonces volverían las armas contra quienes les daban las órdenes, pero ya sería tarde. La muerte vuelve insensibles a quienes la administran, y si el ejercicio continuado del asesinato no les priva de la conciencia, el dinero acaba por conseguirlo. Los ejércitos terminarían por disgregarse en bandas armadas al servicio de los mejores pagadores, y el enfrentamiento civil se extendería como un manto sangriento hasta el horizonte. Ya había sucedido, estaba pasando aún allí mismo, le bastaba con mirar hacia la línea del cielo de la ciudad para comprobarlo. Nubes de humo negro aquí y allá fruto de combates por hacerse con un reducto de poder inútil e inservible en algún remoto suburbio; las elevadas torres, antes orgullosos símbolos de opulencia, ahora quebradas y carcomidas por los incendios y las bombas. Cerró los ojos unos segundos y se preguntó cómo habían llegado a pintar aquel cuadro de horror. Y sobre todo cuándo acabaría por arder y consumirse para poder comenzar de nuevo.

El letrero indicador había desaparecido, pero la inercia de la costumbre lo hacía innecesario. Tomó la salida de la autovía y zigzagueó entre varios bloques de cemento. Algo más adelante le detuvieron en el puesto de control. Sus servidores le resultaron desconocidos, pero se tranquilizó al comprobar que las insignias en las mangas de los uniformes eran las correctas. Continuó unos kilómetros más escoltado por un bosquecillo de sauces a ambos lados de la vía. Entre las ramas se atisbaban construcciones sólidas, amuralladas, protegidas; una reserva de seguridad casi al lado de las heridas más supurantes de la ciudad. Allí el Gobierno continuaba con sus funciones, sumido en una realidad virtual ajena a la aridez de un país que hacía tiempo se derrumbó sobre todos sus habitantes. Algunas zonas del territorio aún guardaban obediencia a los que habitaban en aquellas urbanizaciones; nominalmente era así con la totalidad de las regiones, incluso con las que se habían independizado de hecho. La realidad se componía de caos, anarquía y una perpetua guerra civil de todos contra todos. Se encogió de hombros mientras se acercaba a los grandes portones que guardaban su destino. Dos tanques Leopard II flanqueaban la entrada del palacete; una compañía de soldados con uniforme de combate y un aspecto ridículamente aguerrido protegía las inmediaciones. Aparcó bajo una antigua marquesina y amagó un saludo militar hacia el capitán que comandaba a aquellos hombres. Sin novedad, señor. La deferencia de aquel hombre le halagaba y le soprendía. Aunque era un miembro de las fuerzas de seguridad no dejaba de ser un civil a ojos de aquel hombre, y en esos tiempos el único poder auténtico estaba en los agujeros de los cañones. Avanzó por un camino que serpenteaba entre setos cuidados hasta desembocar en una explanada de césped verde y brillante aún a causa del rocío de la mañana. Levantó la mirada. Las cortinas ondeaban en el balcón de la alcoba principal del edificio. Su puesto estaba allí, al otro lado de la puerta de esa habitación; su misión, otra vez aquella palabra, proteger con su vida al ocupante. Dieciséis horas al día en turnos de quince días continuados. Después un breve descanso de tres días, y vuelta a la rutina. Una rutina que bendecía. Un descanso que era un infierno, setenta y dos horas que le sumergían en los recuerdos de su antigua vida, cuando su esposa no había huido aún a algún remoto rincón más seguro en apariencia, cuando su hija le abrazaba cada mañana y le explicaba qué iba a ser de mayor. Prefería la monótona cadencia de las horas delante de esa puerta, los demorados paseos por unos corredores un tiempo no muy lejano vibrantes de actividad, cuando todavía pensaban que el control no lo habían perdido.

El viejo le saludó con un movimiento de cabeza. Era así cómo pensaba en su misión: el viejo, aunque tenía poco más de sesenta años. Él prefería no mirarse en los espejos, hacía tiempo que esquivaba su imagen, tanto como el que llevaba su hija bajo tierra. Él también era un viejo.

El viejo le ofreció una taza de café, era parte de los rituales que daban algún sentido a toda aquella vacua representación. Se sentaban los dos en la balconada, como antiguos colegas, y sorbían con lentitud el líquido caliente. Paseaban sus miradas por las elevaciones de la sierra, por el cielo azul, y saltaban más allá de las humaredas que coronaban la capital. Las espirales de cenizas se retorcían en un baile agónico y cruel, esa mañana más densas que en días anteriores. Cada girón negruzco era el alma de una persona que sucumbía en esa guerra sin objetivos, un sacrificio más al dios de la locura, un dios que jamás se mostraba ahíto. Con un leve esfuerzo era posible oír el rumor de la lucha, las explosiones. El viejo meneó la cabeza y se inclinó para no derramar el café con su mano temblorosa. De vez en cuando el pecho se le agitaba en espasmos de llanto mientras aseguraba que él tenía la culpa de toda aquella monstruosidad.

Se puso en pie y le retiró el servicio de café. Se quedó allí, con la taza en las manos y la vista perdida en el perfil quebrado de la ciudad cercana. Quizá tuviese razón, alguna al menos. El anciano ocupaba la misma función que ahora; es muy probable que conociera de primera mano las decisiones que se tomaron y que acabaron por incendiarlo todo. La prensa de entonces apenas recogió en sus páginas la ignición de la mecha: unas protestas vecinales que terminaron con varios muertos en una ciudad de provincias. Lamentable, sí, pero nadie pagó por ello. En pocos meses el fuego se extendió hasta la última esquina del país, quemando las ataduras de una indignación amordazada durante años de crisis. El viejo le solía decir que los españoles son tardos en el enfado, en la ira, hasta que surge la sangre y la prueban. Entonces ya nadie puede pararles. Era cierto, en siete años nadie lo había conseguido aún. Dejó las tazas en una mesita y acompañó al viejo al interior de la habitación. Por alguna causa levantó la cabeza y oteó el aire claro de la mañana; le pareció que las habituales explosiones que teñían las escaramuzas en la ciudad sonaban demasiado cerca. Allí estaban razonablemente seguros, pensó. El distrito gubernamental estaba protegido por las pocas tropas regulares que aún existían, bien entrenadas y armadas gracias a la generosidad de la Unión. Cerró las puertavetanas y acompañó a su anfitrión hasta el escritorio donde atendía la correspondencia que aún llegaba de vez en cuando. Desde hacía meses todas las mañanas le hacía la misma pregunta ingenua y dolorosa. ¿Alguna noticia de las chicas? Y cada vez que le escuchaba, un dolor terrible le atravesaba el pecho porque él sabía lo que era ver morir a una hija, aunque no hubiera podido sucumbir a la locura y perderse en una niebla beatífica que le impidiese recordar el cuerpo de ella deformado por el impacto contra el suelo, una flor con sus pétalos de sangre abiertos sobre el negro asfalto. Algo compartía con aquel hombre, el viejo también había sobrevivido a sus hijas aunque se negara a saberlo. Fueron ejecutadas por los golpistas cinco años antes; a nadie le importó demasiado. A él tampoco, en realidad. Durante aquellas semanas de caos los restos de orden que aún cubrían con una leve pátina lo que iba quedando de país volaron como el polvo en un vendaval. Y desaparecieron para siempre. Él permaneció leal, luchó para defender un atisbo de futuro para su niña sin saber que el futuro ya había hendido el telón del escenario para abandonarlos en medio de una nada cada día más absurda. Tenía delante su recompensa, un anciano tembloroso de cuya vida era responsable, el último símbolo de algo que a muy pocos importaba ya. Aquel hombre era lo único que le había mantenido atado a continuar un día más, y otro, y otro. Ambos habían sufrido lo mismo y lo que tenían por delante era un erial donde no crecería nada en mucho tiempo. Esa soledad era no que les unía, eso y un tenue sentido del deber y obediencia que aún permanecía agazapado en algún pliegue de su cerebro.

El viejo no viviría ya demasiado, esa era la prórroga que se había concedido a sí mismo; cuando falleciera… Ese era el límite al que se permitía llegar al planteárselo, pero sabía muy bien lo que había al otro lado de la frontera imaginaria que su pensamiento no traspasaba. Y quizá esa línea estuviera a punto de alcanzarles… El ruido de combates era cada vez más próximo; en los últimos años jamás se habían acercado tanto. Eran muchos los interesados en que los últimos restos del Estado se disolvieran entre el humo de las hogueras, y esa mañana parecían estar muy cerca. Varios obuses explotaron en los jardines que unas horas antes había atravesado. Los blindados que custodiaban el exterior del recinto comenzaron a disparar hasta que un enorme estruendo acompañó a las llamaradas que surgieron de cada uno de ellos. Se volvió hacia el interior de la habitación. Su anfitrión negó con la cabeza, su mirada había recuperado una lucidez que hacía meses que no mostraba. Sin embargo, su obligación era salvarle, y con él salvarse a sí mismo. Volvió a negar. Afuera, una nueva explosión arrancó el mástil con la bandera. Ambos se derrumbaron sobre la balconada donde habían tomado café poco antes; la luz de la mañana se tiñó de rojo y dorado, los tonos cálidos de la enseña otorgaron un ambiente de paz a la habitación. Fueron solo unos segundos. Hasta que las ventanas reventaron.

Recuperó la consciencia cuando el combate rodaba por las galerías próximas. Tirado en el suelo estaba el viejo, aún vivo y consciente. Le ayudó a incorporarse y le acomodó lo mejor que pudo en uno de los sillones más alejados del balcón. Los gritos y disparos se estaban transformando en una sopa densa que chorreaba por todas las esquinas del cuarto. Después de tanto tiempo, empleó el título del viejo cuando se dirigió a él. Nunca lo había hecho, él se lo había prohibido. Sin embargo ahora, sin darse cuenta, se dirigió a él llamándole Majestad. Tenían que intentar huir, pero ¿adónde? Eso fue lo que le preguntó, y supo que no había contestación. Y a aquella pregunta él mismo añadió otra, ¿para qué huir? Los dos hombres se miraron a los ojos y leyeron las mismas respuestas en sus miradas. Se colocó al lado del anciano y empuñó su arma reglamentaria. Los ruidos de pisadas y gritos estaban cada vez más próximos. Puso una mano en el hombro del monarca y se lo apretó con suavidad. Unos dedos temblorosos le golpearon los suyos en un gesto de cariño y camaradería. Bajó los párpados y apuntó hacia la entrada del cuarto. Aún le quedaban unos segundos para recordar la sonrisa de su hija.

Roberto Sánchez