A por ellos

Por aquel entonces el abuelo vivía en nuestra casa, fue él quien nos informó de lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados esa tarde. Recuerdo que le insistió a mi madre para que bajara al mercado y comprase de todo, garbanzos, decía, muchos kilos, que esto va a terminar como en el 36. Al principio nos reímos de sus disparates y desvaríos de anciano; unos días más tarde ya no nos reíamos ninguno, o casi.

El abuelo falleció unas semanas después del Golpe de Estado. Murió de desnutrición (mi madre no le hizo caso en lo de los garbanzos) y de risa, sobre todo de esto último. Fue durante la toma de posesión de Tejero como Presidente de la República; su gesto atravesado de trascendencia a la sombra de un tricornio de charol deslumbrante tuvo tanto de grotesco que el pobre abuelo acabó falleciendo de una insuficiencia respiratoria. Al principio pensamos que había perdido la cabeza; si alguien hubiese escuchado sus risotadas al compás del himno nacional (el de siempre, no el de la República) y el flamear de la bandera (la de la República, sí, tampoco podíamos pedirles demasiada congruencia a aquellos animales) hubiéramos terminado en una de las tribunas del Bernabeu. El caso es que cuando por fin nos contagió la risa a todos, se murió. Fue una suerte para él porque se ahorró todo lo que vino después, y para nosotros porque a buen seguro aquel día hubiésemos acabado detenidos.

En realidad mi padre sí que fue a parar al Bernabeu. Eso le dijeron a mi madre al querer saber dónde lo habían llevado y de qué le acusaban. Cuando lo volvimos a ver, mi hermano y yo habíamos crecido quince centímetros, aunque es verdad que a pesar de ello nos hemos quedado con una estatura más bien escasa, como la mayoría de los que por entonces éramos niños. Sin garbanzos y sin padre: fue un desenlace lógico. Y sin colegio, aunque esto no tenga nada que ver con la estatura física. Cuando se cansaron de fusilar, llenaron las cárceles con los excedentes, y cuando ya no hubo más sitio en ellas, decidieron emplear los colegios como prisiones, y es que a un grupo de resistencia repleto intelectuales listillos se les ocurrió publicar panfletos en la Universidad con aquella máxima de Séneca que decía algo así como: la sabiduría es la única libertad. Ergo, nos cargamos la sabiduría.

Al principio celebramos mucho lo de no tener colegio adonde ir, pero la verdad es que éramos ya lo bastante mayores como para darnos cuenta de que sin educación seríamos unos desgraciados. O guardias civiles. Mi hermano lo es. Ahora ocupa un alto cargo en el Ministerio de Seguridad y Orden Público. Gracias a ello a mí me permiten salir de vez en cuando de la cárcel de Arganda.

A pesar de todas las dificultades mi madre logró que pudiéramos acudir a una escuela clandestina. Cada día dábamos clase en un piso diferente, de hecho inventamos la escuela deslocalizada. Me falta decir que, por supuesto, en los barrios selectos de nuestras ciudades, los colegios continuaron abiertos; las élites nunca pierden sus privilegios. No obstante, gracias a ello hoy aún funciona algo en este país, pero esa es otra historia.

A mí me dio por las letras, primero por leer y más adelante por escribir. Por fortuna los nuevos gobernantes despreciaban tanto la cultura que acabaron ignorándola, así que no era difícil hacerse casi con cualquier obra que uno deseara a poco que conociese los lugares adecuados. Con los años me fui haciendo con una selecta biblioteca de obras de ciencia ficción, obras poco sospechosas de apoyar ninguna clase de ideología. Ya dije que los que mandaban no eran muy de pensar. Les iba más la acción. En la ciencia ficción existe un subg