Tres almas

Hace ya un mes que los vi por primera vez. Son tres y duermen en el estrecho altillo de una parada del autobús urbano, erigida en el espacio que media entre el dios Mercurio y la diosa Atenea. El dios del Comercio vigila – ojo avizor – a los peatones desde lo alto de un emporio financiero en un escorzo imposiblemente eterno. Observa con el ojo, no fijado en el horizonte, los ires y venires de las gentes que entran y salen de tiendas y grandes almacenes sin descanso. Gracias a esto el dinero corre por las arterias comerciales en pequeñas cantidades claramente incomparables al montante de operaciones financieras que ocurren en este edificio a los pies de Mercurio – además, como es tercer miércoles del mes, los truchimanes del mundo estarán poniendo en orden sus caudales en algún rincón de Manhattan. De cualquier forma, interesa que los parias se sientan libres…

La diosa Atenea, en actitud más reposada, descifra desde su Partenón improvisado los sucesos de la calle y, en general, del mundo conocido. Nadie lo sabe pero es de suponer que también habrá visto a esos tres que duermen todas las noches abajo – quizá no sea posible más abajo – a cubierto de la marquesina verde, al borde mismo del asfalto.

Los vengo observando todas las mañanas en mi camino al tajo de maldición bíblica: las cabezas cubiertas en enigma con capuchas actualizadas de monjes urbanos y los ropajes sucios transpirando el olor de la miseria. El primero es enorme, orondo, inexplicablemente, un gran ejemplar de la raza humana. Duerme el que más a la derecha escorado hacia sus acompañantes. La segunda es una mujer tirando a alta con andares tortuosos de cojitranca. El tercero, el más joven del trío, fuma de forma impasible quemando los minutos de esta vida tan podrida con los codos apoyados en los muslos mirando al infinito.

Cada mirada al refugio nocturno con sus tres habitantes me da un vuelco al alma. Al lado hay un café que alguna vez frecuento y que me da la oportunidad de espiar sus movimientos. Una visión dolorosa antes de entrar y otra al salir cuando, al pasar por su vera, casi se me cuaja el alma, la voz y todos los pensamientos. Apenas queda algo articulable en el fondo de mí que se transforma en un mero hilillo (casi vano) de vida ante lo que contemplo.

La obsesión que ya pervive en mí durante varias semanas es acerca de sus rostros; si uno no puede ver la faz – todas distintas y cada una con su mirada - de un ser humano, se crea un halo de intranquilidad que se mezcla, en este caso, con la visión de su extrema pobreza. Mis pasos matinales se recrean de forma enfermiza en el ser o no ser capaz de ver sus caras, sus ojos, su mirada al fin. Todo esto se cruza con el indecente atrevimiento que sería pasar por delante y tratar de mirarlos como si de un ángel enviado por el cielo se tratase. Este es el enigma que corona unas incontenibles ganas de lágrimas cada vez que los presiento.

Mientras la caridad araña acuciantemente. He ahí la otra cuestión que todo prójimo ha de preguntarse: dar limosna, alertar a las autoridades municipales o de amparo de gente necesitada... ¿De dónde habrán venido a esta ciudad y qué heridas habrán desgarrado su vida para no tener ni donde caerse muertos – convertido en un no tener ni un lugar para apoyar la cabeza y dormir, pues incluso los animales tienen sus madrigueras? Una intuición me dice que son una familia de tres miembros pero habría de ser confirmada pues a cualquiera se le ocurre esta rotunda sandez.

Pero aquella mañana, al levantarme, como casi todos los días, había encendido la televisión, y el noticiario más tempranero jugaba a sorprender: habían sajado el comentario meteorológico de su encastramiento final adelantándolo como una noticia de alto interés. Todo para crear una cuestión bizantina sobre la llegada de temperaturas extremas a los termómetros estivales. Días atrás lo noticiable era una ola de calor que en este caso se convertía perfectamente puntualizado en un viento africano. Nunca he temido al calor con lo que me puse en marcha tomando el transporte público que me acercase a la ciudad. Bajé en la plaza de costumbre para caminar el trecho hasta el ferrocarril. La temperatura para la hora que era parecía excesivamente alta. Pasé al lado de la marquesina mencionada y allí estaban como todas las mañanas. Pude comprobar un extremo más: abandonaban parsimoniosamente la parada para trasladarse a un banco a pocos metros de allí en una calle peatonal.

La jornada se hizo pesada por el anunciado viento africano que secaba las gargantas y calentaba las cabezas. Así que para cuando la faena había llenado el molde diario, volví a tomar el tren de retorno a la ciudad sin esperanza de ver a los tres pues por la tarde desaparecían del área con paradero incierto. Mas aquella tarde pude ver sus rostros en desaire y contrariedad plenas. Al cruzar el asfalto ardiente de la calle y acercarme a la fuente que allí resuena, pude ver al miembro joven a faz descubierta así como a la mujer que andaba cojeando a pequeños pasos ayudada por aquel. No podría describir la desesperación de aquellas dos almas que huían de la ambulancia estacionada sobre la acera, custodiada por los polizontes omnipresentes en los sucesos callejeros. No había sirenas ni luces lo que daba a entender dos vías: que la atención – en estos momentos comprendí o mejor intuí que era el tercer miembro el atendido – no fuera grave y no hubiera urgencia; o que ya no había gravedad ni nada que hacer. Esto me devolvió el malestar acentuado por la vista de la desesperación en las caras de los dos huyendo de la tragedia que en cualquier caso era separación...

Entonces, y todavía no sé muy bien por qué, los bauticé sin pensarlo demasiado como geco que aparece en la pared del pensamiento; el pretendido gran patriarca orondo podía ser el Padre; lo que directamente lleva al segundo miembro que presumiblemente podía ser el Hijo impasible que consumía su vida en humo; y la tercera, aunque mayor y con los cabellos sobre el rostro y desdentada, no podía ser otro que el Espíritu, eso sí, cojo y con grandes problemas de movilidad pero como adelanta la Biblia, soplando por donde quiere (y así nos va). Esta unión formada de tres personas que en tiempos fue un dogma insoslayable, ha sido olvidada ya olvidada y ha quedado confinada a los libros de Teología que nadie lee.

Dos días después, en mi cita mañanera y tras pensamientos de interrogación y desesperanza, la Santísima Trinidad estaba allí en el lugar de costumbre. Sentí un alivio tras contarlos y ver que seguían juntos en su desdicha.

El  maestresala