Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer viajó a Bilbao y a Getxo con su esposa Casta Esteban y el hijo de ambos a mediados de julio de 1863, el mismo año que publicó la rima 27, “Despierta. Tiemblo al mirarte”….

Bécquer, que desde muy joven se había trasladado de su Sevilla natal a Madrid, no conocía el norte de la península: su clima, sus gentes, su mar… Ignoraba que el verano de la cornisa cantábrica es, en lo que a lo climatológico se refiere, muy inestable. Son muy pocos los días consecutivos que esbozan una sonrisa de cielos azules y sol radiante. Por el contrario, son habituales los días gris marengados y brumosos que, la mayoría de las veces, estallan en parto de tormenta. Un día de estos vivió una experiencia única que le marcó profundamente.

Eran las cuatro de la tarde y, aprovechando que Casta y su hijo dormían la siesta, Bécquer decidió dar un paseo por la playa de Ereaga y acercarse hasta el cercano puerto de Algorta, siguiendo el sendero que discurría por una loma, casi en paralelo a una escarpadura rematada con unas impresionantes agujas de pedernal. El puerto, la loma y el sendero formaban parte del paisaje que a diario contemplaba desde la terraza de la vivienda en la que se hospedaban, en donde los ojos se le llenaban de las distintas tonalidades verdes de las hojas de hierba y de los árboles que tupían las faldas del monte que moría en la mar, y el corazón le latía al ritmo de la cadencia de las olas que se estrellaban en las rocas.

Presto a llevar adelante su aventura, partió del área del arenal playero cercana a Las Arenas. Caminó por él lentamente, ensimismado en su propia emoción y un tanto abotagado por el sofocante calor reinante, un calor húmedo y

pegajoso que se metía en la piel. Empleó mucho tiempo en llegar al extremo de la playa que embocaba en el sendero que le habría de conducir al puerto.

Una vez aquí, se detuvo a descansar un rato. El aire era denso, como una película invisible de vapor concentrado que lo envolvió en olor de salitre. Fue una sensación placentera que duró solo unos instantes, los que tardó en oír los bocinazos graves y secos provenientes del lejano faro y el griterío estridente de las gaviotas, que volaban tierra adentro o se apresuraban a buscar un refugio en las hendiduras de las rocas. El estrépito lo sorprendió, y Bécquer miró instintivamente al cielo. Parecía que las nubes panzudas iban a romper aguas de un momento a otro. Miró también a la mar. Se enarbolaba en encrespadas olas que mordían con rabia la arena de la playa. Y aunque todo aquello se le antojó extraño, no se apuró. Y continuó adelante.

El sendero atravesaba un descampado. Era muy estrecho, y serpenteaba a pocos metros del acantilado. Lo transitaba sin ningún problema; si bien avanzaba despacio, con cuidado para no tropezar con las piedras sueltas que abundaban en las orillas. Ya había dejado atrás una cuesta bastante pronunciada y se disponía a hacer un alto en el camino para recuperar fuerzas, cuando de pronto se levantó un viento huracanado que le impedía dar un paso, las nubes se vistieron de noche y, acto seguido, comenzó a diluviar.

Bécquer se asustó y, presa del miedo, quiso correr; pero la fuerza del viento y la intensidad de la lluvia se lo impidieron. Mantenerse en pie era un milagro, y progresar en el sendero un ejercicio temerario de funambulismo.

Al principio, no supo qué hacer. Lo último que deseaba era aguardar en aquel lugar agachado, a la espera de una mejoría de las condiciones meteorológicas. En verdad, no tenía muchas opciones donde elegir. O eso, o proseguir andando a gatas. No había más, de modo que decidió hacer lo segundo.

Al cabo de un cuarto de hora, había recorrido un largo trecho. El periplo transcurría bien, teniendo en cuenta las circunstancias adversas que mediaban en su marcha. No obstante, una nueva incidencia le obligó a detenerse súbitamente. Donde se encontraba, el sendero se aproximaba peligrosamente a menos de un metro del despeñadero.

Sintió vértigo. Y el pánico lo paralizó. Permaneció unos minutos tendido en el suelo con los ojos cerrados. Las gotas de lluvia le golpeaban con violencia en la espalda y el agua parecía querer taladrarlo. Su cuerpo era un temblor de escalofrío. Aunque no le importó seguir mojándose, ni padecer en sus carnes el azote de la desolación. Solo quería sobreponerse, recobrar el ánimo, para reanudar la andadura a gatas y llegar al camino empedrado que se abría al final del sendero y que avistaba semiborroso a lo lejos. Era el que llevaba a la escalinata por la que se accedía a las casas del puerto.

Intentó levantarse, pero no pudo, porque se percató de algo que hasta entonces no había advertido, y que le aterrorizó: la mar. La mar era un estruendo de olas que bramaban heridas de muerte al golpear contra las rocas con inusitada furia.

En un rapto de pavor, se abrazó a la musa del pálpito poético y deliró: “Sirenas malvadas que cantáis al infortunio, monstruos del apocalipsis que me llamáis con vuestros espeluznantes alaridos, olas que penetráis mis oídos en una explosión de locura, muerte que acechas en el abismo enmascarada en el fragor de la mar, ¿por qué queréis hacerme cautivo de un sueño imposible?, ¿por qué os esforzáis en desdibujar el horizonte?”

Un viento ululante batió la zona. “¿Es esta vuestra respuesta? ¡Madre Naturaleza, no sé por qué descargáis en mí tanta iracundia”, se quejó consternado. Y en su interior se libró una dramática batalla entre la razón y el horror, entre el abatimiento y la esperanza, entre la muerte y la vida, que se resolvió con la victoria final del instinto de supervivencia, que le dictó que la mar y el precipicio eran la muerte, que el camino era la vida y las casas del puerto la paz.

Finalmente, se incorporó con convicción. El viento comenzaba a calmarse y la lluvia iba remitiendo. Con paso renqueante siguió las líneas curvas del sendero hasta alcanzar el camino de piedra. Subió la escalinata de dos en dos peldaños. Después corrió en dirección a las casas del puerto, y entró en una taberna. Un viejo marinero tocaba el acordeón. Cuando se dio cuenta de su presencia, le invitó con la mirada a acercarse a su mesa. Bécquer, que parecía un espectro más que un ser humano, obedeció. Se sentó junto aquel hombre que le resultaba angelical, y supo que estaba vivo, definitivamente vivo.

Nicolás Zimarro