Rulfo

Juan Rulfo nació en el seno de una familia acomodada; pero esta lo perdió todo durante la revolución mexicana, que fue especialmente virulenta en el estado de Jalisco, de donde era natural. Los acontecimientos que se produjeron allí, como consecuencia de las luchas fratricidas entre mexicanos de credo religioso y orientación política distintas, dejaron una honda huella en la memoria de Rulfo. Hasta tal punto que en cierta ocasión llegó a decir que entonces vivió en una zona de devastación geográfica y que nunca pudo encontrar la lógica de aquellos sucesos, que no se podían explicar desde un circunstancialismo revolucionario, sino más bien como un “fatum”, como un fenómeno atávico.

En esta situación, desde muy joven perdió a su padre, asesinado de un tiro en la nuca, y luego a su madre, que murió en circunstancias trágicas, lo mismo que varios de sus tíos y parientes. Estos hechos motivaron su reclusión en Una institución benéfica de Guadalajara.

Las vivencias que tuvo en este lugar marcaron profundamente su personalidad, confiriéndole un carácter triste, casi depresivo, retraído, sensible, curioso y algo romántico. Fueron determinantes en su vida. Así, la desolación, el dolor y su estrecho vínculo con la soledad y la muerte fueron llagas lacerantes que nunca dejaron de sangrar y que tiñeron de luto su periplo vital.

No es difícil imaginar las condiciones de supervivencia que hubo de afrontar en el día a día de la inclusa. En aquel encuentro de soledades impuestas por el destino, el pequeño Rulfo era una soledad más, una concha vacía en el cementerio de las conchas. Su vida no era suya, sino de una gente extraña de corazón impávido, que modelaba el amasijo de vidas allí reunidas de un modo arbitrario y autoritario.

Rulfo, de suyo introvertido, era un niño solitario, aunque poseedor de una disposición natural para la observación y la reflexión. Por las tardes, cuando el muro más alto del orfanato engullía por completo la hogaza solar y alargaba su sombra por el patio común, le gustaba sentarse en un banco que había en una esquina del mismo y contemplar la fantasmagórica mole de piedra que escondía el sol y lo alejaba del mundo. Era uno de los pocos momentos del día en el que sentía que tenía corazón y batía las alas de la fantasía. “¡Quién pudiera ser un pájaro! –solía pensar–. Y volar y volar, y vivir y vivir”…

Una tarde, fue testigo excepcional de un suceso que tuvo lugar en la pared del muro. Observó que en el ángulo que un contrafuerte formaba con esta había una enorme tela de araña y que, en medio de la misma, se encontraba presa una mosca. Luchaba contra el destino, moviendo las alas frenéticamente, en un intento de liberarse de la fatal red. Pero todos sus esfuerzos fueron inútiles, porque la araña, que percibía los estertores de la mosca moribunda desde una rendija que le servía de refugio, se lanzó sobre ella colgada en un hilo mortal, que enrolló en el cuerpo de la víctima, hasta que ésta al fin murió.

Rulfo sintió el desgarro de la vida en su propia carne. La hiel de la impotencia siempre sabe amarga, y había bebido un buen sorbo de hidrohiel de angustia con la muerte de la infortunada mosca. Quizá él también fuera un insecto, pensó. Quizá la vida no sea más que eso: ser un insecto, la víctima propiciatoria de una araña cualquiera. Quizá el centro de internamiento era la red en la que él estaba atrapado. Quizá… Pero entonces, ¿quién o qué era la araña que había de comérselo?

Al día siguiente volvió al escenario del holocausto. La rueda del sol recorría la línea superior del muro y todo parecía estar igual que la tarde anterior: la sombra, anocheciendo el patio; la tapia, inexpugnable; la tela de araña, enredada en la pared; en ella, una mosca; la araña, repitiendo el macabro ritual de la víspera…

Pero, de pronto, ocurrió algo extraordinario: una lagartija descomunal irrumpió en la escena y en un santiamén se comió la araña y, de paso, la mosca.

Rulfo revivió el malestar que había experimentado en el episodio de la muerte de la mosca. Las piernas le comenzaron a temblar y un escalofrío le sacudió la espina dorsal. Sentía que la muerte era algo cercano, ordinario; algo tan corriente como respirar. Todavía no acertaba a comprender el sentido de un acontecimiento tan definitivo. ¿Habría que morir para entender la vida? ¿Habría que morir para estar muerto?

La lagartija resultó la triunfadora en el envite. Aunque no quiso identificarse con un bicho semejante. Le repugnaba tanto la idea de ser un reptil, con la piel arrugada y viscosa, que prefirió cerrar los párpados y enajenarse. Antes no ser nada o nadie que eso. De hecho, repitió en multitud de ocasiones que no era nadie, que ser nadie era su impronta.

Permanecía absorto en sus elucubraciones, cuando un griterío ensordecedor lo devolvió a la realidad. Abrió los ojos y siguió con la mirada la carrera de los niños que, con gran alborozo y excitación, corrían detrás de algo, y en seguida se percató de que perseguían a la lagartija que se había comido la araña y la mosca. Desde el banco en el que estaba sentado, observó cómo el más osado de los muchachos estampó de un pisotón la lagartija en el suelo del patio.

Por un momento experimentó un gran alivio. La mosca, la araña y la lagartija estaban muertas, irremediablemente muertas. Todo había concluido por tanto. Al menos eso creyó hasta que, acto seguido, advirtió los sonidos de los eslabones de la cadena de la vida y de la muerte, que reverberaban en un eco que repetía sin cesar: “muerte”, “muerte”, “muerte”. La araña mató a la mosca y se la comió, la lagartija hizo lo propio con la araña y el niño desalmado mató, a su vez, a la lagartija. La muerte era, sin ninguna duda, lo único cierto, incluso más que la propia vida.

Tal y como se habían desarrollado los acontecimientos, el pequeño Rulfo tuvo claro que el siguiente eslabón de aquella trágica cadena eran los niños. Él era un niño, y se sintió amenazado. ¿Quién se come a los niños? ¿Cómo mueren los niños?

Un dolor muy agudo le embargó el corazón, cuando al hilo de estas consideraciones se formuló la pregunta esencial: ¿cómo voy a morirme yo?

Con el paso del tiempo dio cumplida respuesta a esta cuestión, muriendo mil y una veces dentro del cerrado del orfelinato; luego, cuando alcanzó la mayoría de edad y lo abandonó, en el campo abierto de la miseria sin nombre; e ininterrumpidamente en cada latido del corazón de los personajes de sus textos.

Sí, el entorno de la muerte constituye el elemento fundamental de los relatos rulfianos. Pocas veces se refiere directamente a ella, pero su sombra figura en cada uno de ellos. La muerte es el ambiente en el que los personajes viven o mueren su historia. En la muerte encuentran la prolongación de la vida. Y en ella, con y para ella viven; de ella huyen y, al mismo tiempo, la llaman. Es como si la condición del ser humano fuera vivir la muerte y morir la vida. Y todo pudo comenzar aquella tarde en la que Rulfo, sin saberlo, conoció el sentido de la vida.

Nicolás Zimarro