Acta febrero 2005

OBRA: JAKOB VON GUNTEN
AUTOR: Robert Walser

PONENTE: Carlos Fernández

PRESENTACIÓN

“Walser nació el 15 de abril de 1878 en Biel, cantón de Berna, Suiza —tenía por lo tanto cinco años más que Kafka. Tuvo ocho hermanos. A los diecisiete años se fue de Biel y se estableció en Basilea, donde trabajó de oficinista. Su primera obra, El estanque, data de cuando tenía catorce años. Quiso ser actor, pero alguien lo disuadió, y entonces eligió ser poeta. Entre los diecisiete y los veinte años escribió unos cincuenta poemas y textos líricos. A los treinta años se convirtió en un gran escritor. A los cincuenta años fue internado en la clínica de Waldau, en Berna, dedicada a enfermedades nerviosas.
En 1933 fue trasladado a la clínica de Herisau, donde permaneció hasta su muerte. Carl Seelig lo visitó allí periódicamente, y de sus conversaciones, mantenidas mientras paseaban por los bosques y los caminos circundantes, resultó un libro encantador, Paseos con Robert Walser, que constituye una de las más importantes obras literarias acerca del oficio de escribir, un libro que por sus dimensiones intelectuales recuerda un poco las famosas conversaciones de Schiller, Goethe, Lessing y von Kleist.
(...) Al morir, Walser dejó entre sus cosas un fajo de quinientas hojas abigarradas de una escritura minúscula, hecha a lápiz y prácticamente ilegible. Seelig —que luego de la muerte de Walser se convirtió en su albacea— creyó ver en esas hojas una escritura cifrada, propia de un enfermo mental. Sin embargo, un análisis más cuidadoso demostró que se trataba de la caligrafía habitual de Walser, que sólo se resistía a ser descifrada a causa del tamaño diminuto y de la abreviación de casi todas las palabras y de ciertos descuidos en la redacción. En 1967 se constató que ese fajo de hojas contenía los borradores de numerosas piezas y poemas ya conocidos, pero también numerosas obras inéditas que probablemente habían sido escritas entre 1924 y 1933. El examen de aquellos "microgramas" puso en evidencia El bandido, una novela que se estima fue escrita en 1925.(1)

La obra de Robert Walser es motivo de estudio aún hoy, 50 años después de su muerte, debido probablemente a la complejidad que entraña la comprensión de su narrativa. Nicolás Gelormini(2) nos ofrece unas claves para la interpretación de la misma. Dice lo siguiente:

“... escribe Robert Mächler, el más importante de sus biógrafos.
Esta sentencia puede aplicarse a la obra misma de Walser: con cada cambio de ciudad, un cambio de estilo. Y las ciudades no son muchas, son cuatro: Zürich, Berlín, Biel y Berna. Wlaser, nacido en Biel (Suiza) en el año1878, no tuvo una vida sedentaria ni mucho menos: “Me conformo con llevar una vida nómada dentro de los límites de nuestra ciudad”. Esta vida nómade implicaba cambios casi ininterrumpidos de trabajo y de lugar de residencia; según el período, más intensivos o no. Teniendo en cuenta las ciudades ante mencionadas, una ojeada al mapa basta para definir dos grandes líneas de interpretación de la obra de Walser.
Por un lado, el kafkiano mundo centroeuropeo del escritor fantástico; por otro, la patria suiza realista de los paseos por el bosque y Guillermo Tell. Otra oposición surge según se considere la distancia de Walser con sus contemporáneos. Walser “pariente” de Kafka, Walser periodista, Walser y el Jugendstil. Cada vez son más numerosas las lecturas que lo acercan a los discursos de su tiempo.
Por otro lado, aquellos que lo consideran un escritor incomprendido, le otorgan un privilegiado lugar marginal y enarbolan la figura del poeta encerrado en su buhardilla o muestran su foto, donde aparece caído sin vida sobre la nieve, en 1956, luego de un paseo solitario una noche de Navidad por los alrededores del hospital psiquiátrico de Herisau, lugar donde permaneció internado los últimos veintitrés años de su vida.
Aislamiento y locura, dos platos deliciosos para quienes quieren, hagan ficción o no, estetizar circunstancias personales que, penosas o no (Walser suscribiría esto último) poco tienen que ver con la literatura.
Cuando relató la vida de Hölderlin, destino similar al suyo, Walser concluye su breve pieza con las siguientes palabras: “Hölderlin salió de la casa, vagó todavía un tiempo más en el mundo y cayó luego en una demencia incurable”.
Zürich 1895-1904. El primer libro Los textos de Walser se adelantaron a su autor. Su primera publicación conocida es la de una selección de poemas que apareció en 1896 anónimamente en el diario suizo Der Bund. Posteriormente, el autor colaboró, instalado por unos meses en Münich, con la prestigiosa revista Die Insel, alineada en las filas del Jugendstil –el art nouveau en su versión alemana–. Tras una breve estadía en Berlín, regresa a Zürich en 1904, año en que aparecerá su primer libro, Las composiciones de Fritz Kocher. En esta recopilación, Walser reúne los supuestos trabajos de un alumno de segundo grado de nombre Fritz Kocher. Dichos textos ya habían aparecido como artículos en Der Bund y habían provocado la indignación de alguno de sus lectores.
“Yo amo y venero los hechos”, escribe Fritz Kocher refiriéndose a la escuela. Esta vocación de realidad recorre casi por entero el texto y es extensible al conjunto de la obra de Walser. Sin embargo, la simpleza aparente con que el mundo es aceptado implica un trabajo y el niño confiesa su esfuerzo “por querer voluntariamente lo que una vez se me impuso, y de cuya necesidad se me ha persuadido en silencio desde todas partes”. Así, descubrimos otra de las vocaciones del niño, a saber: la del sometimiento a la norma –sea ésta caligráfica, estilística o incluso la de cortesía–, tan placentera para el protagonista, pues en ella “reconoce uno la esencia de una persona”. Por eso, hay una reflexión permanente sobre el propio estilo: “Es necesario que mejore mi estilo. La última vez recibí una nota: estilo deplorable”. Pero si el estilo es el lugar del autodominio, también es aquello que lo separa a él, pequeño escritor por encargo, del escritor profesional.
Las breves redacciones de Kocher, sometido con tanta voluntad a la norma
que casi termina por anularla, tienen temas clásicos (“La patria”, “Mi montaña”, “La feria”) y otros no tanto (“La composición escolar”, “En reemplazo de una composición”). Tres textos, agregó Walser, para la publicación en forma de libro de las composiciones: “El dependiente”, “Un pintor” y “El bosque”. Son, a primera vista, independientes de aquéllas.
En el segundo, un escritor inexperimentado –un pintor– cuenta su estancia en el castillo de una condesa. El primero y el último de los textos poseen el carácter de una investigación, de una lectura ideológica y a la vez ingenua del mundo comercial y del bosque, lugar tan privilegiado en la cultura centroeuropea. Igual que en las demás composiciones, también aquí el narrador aparece distanciado del “escritor profesional”, pero si la mano del pequeño temblaba ante temas tan difíciles como la Navidad o la naturaleza, la mano del dependiente “dispara, y vuelan las letras, las palabras, las frases como sobre un campo paradisíaco, y cada frase tiene la graciosa cualidad de expresar generalmente muchísimo”.
Berlín 1905-1913. Las novelas Karl Walser, el hermano de Robert, se había ganado en Berlín un importante lugar como ilustrador de textos y diseñador de decorados para teatro. De esta manera, mudado a la casa de su hermano en la capital alemana, Walser pudo entrar en contacto rápidamente con escritores, artistas y, lo que es más importante, con editores. Así aparecieron, editadas por Bruno Cassirer, las novelas Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909). A todas se les atribuye un carácter autobiográfico. De todos modos. Según Claudio Magris, las novelas de Walser son un “adiós a la totalidad épica sirviéndose por una última vez de las formas de esa totalidad, descarnadas hasta el hueso y reducidas a una estructura tan esencial que resulta abstracta”.
En El ayudante, Walser narra la estadía de Joseph Marti en la casa del inventor Tobler, donde se lo emplea para tareas administrativas. Paseos por la ciudad cercana y excursiones al lago se enlazan en una complicada dialéctica de amo y esclavo. “¡Mira qué amable soy!”, responde en silencio Joseph a su jefe, y ésa parece ser la mejor arma contra el colérico y tartamudeante ingeniero y su distante esposa: el tono. En este contexto a medio camino entre lo comercial y familiar, el tono ocupa un lugar parecido al que ocupa el estilo en Los apuntes de Fritz Kocher. Es en el tono donde el sometimiento y la rebelión, son posibles. “Que el tono de voz no le parecía del todo adecuado, se atrevió a decirle a su jefe”. Pero pese al excelente estilo comercial de las cartas de Joseph, los inventos no se venden. La caída de la casa Tobler es inevitable, sobre todo si se tiene en cuenta el derroche permanente que realiza su dueño: “El ingeniero no introdujo en su casa ningún nuevo régimen de vida. La batuta y la tonalidad siguieron siendo las mismas”.
Biel 1914-1920. La patria suiza
En Biel se forja la leyenda del poeta aislado en su buhardilla. De hecho, Walser vive en la del hotel Blaues Kreuz y coquetea con las empleadas. Alejado del mercado alemán por la guerra, publica predominantemente en revistas y diarios suizos. 1917 es el año de mayor cantidad de publicaciones: Obras en prosa, Vida de poeta, Pequeña prosa, todas compilaciones de piezas breves. En el mismo año, aparece también una de sus obras más conocidas, El paseo. Cuando el protagonista de El paseo decide abandonar la habitación, en la que había estado “incubando (...) sobre una hoja en blanco”, podemos ver a la sedentaria literatura salir en busca de su motor móvil, el vagabundeo.
Éste, a su vez, se convertirá en literatura cuando el paseante regrese y escriba. El espacio de la hoja en blanco, que dejará de ser tal con la narración del paseo, es tan importante como el tiempo del paseo mismo. Así, luego de encontrase con una “mujer que parecía española, peruana o criolla”, el narrador huye apurado: “No puedo desperdiciar ni espacio ni tiempo”. Y es así que este texto programático nos habla también de una posición frente al mundo: “Decir sí a toda imagen de vida y de muerte, un abrirse sin límite a las infinitas posibilidades del encuentro”, como ha señalado Massimo Cacciari. El paseo puede conducir al mundo o a la literatura. Sin embargo, El paseo no termina con un regreso del protagonista, cargado de experiencias, a la hoja de papel, ni tampoco con la pérdida del paseante entre todas las maravillas que se le ofrecen. Encerrado en la oscuridad, luego de un movimiento de incorporación, “me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro”. El bosque, las flores, el recuerdo de la muchacha y la librería están allí para ser registrados por el paseante y parecen decir: puesto que nos abandonas, es hora de irnos.
Berna 1921-1929. El folletín
Exceptuando La rosa (1925), Walser ya no publica ningún libro más. Sus textos aparecen exclusivamente en diarios y revistas, aunque no siempre con la periodicidad deseada y muchas veces a regañadientes de los lectores que “amenazaban con suspender la suscripción si se continuaban publicando esas tonterías”. Saltos bruscos en la narración y forzamiento máximo de la lengua caracterizan este período. Según la interpretación de Peter Utz, las voces de los paseantes que entran en la habitación del escritor representan los discursos de época, de los que injustificadamente se supone separado al poeta. Con ello, se desvanece la aureola de escritor marginal, aislado en su buhardilla, que rodea tan cómodamente a Walser.
Peter Utz es precursor en el estudio de los textos walserianos atendiendo al contexto en que aparecieron, el folletín –sección de los diarios en la cual se publican pequeños artículos de interés general, reseña de libros, novelas, o (definido negativamente) “todo lo que escapa a las rúbricas establecidas de la política y la economía”.
Si, como escritor de folletín –tal la tesis de Utz–, Walser se halla aislado de los grandes discursos y de la alta literatura condenada a la inmortalidad, el autor dispone de recursos para saltar la raya que separa, en los diarios de la época, las noticias serias de las “femeninas” historias de folletín. Uno de los procedimientos favoritos de Walser es la tematización de los códigos del folletín a los que se somete. En el caso de “Reseña”, por ejemplo, el autor nos cuenta que ha leído la novela objeto de su comentario “rápida y placenteramente a la vez”, tal como lo harán a su vez los lectores perezosos y ávidos de entretenimiento que Walser imagina.
Microgramas, hasta 1933.
La ciudad privada
A partir de la década del veinte y hasta 1933, año en que cesó toda actividad literaria, Robert Walser produjo los que posteriormente se conoció como microgramas, textos escritos a lápiz en letra minúscula no sólo sobre hojas en blanco sino también sobre recibos, telegramas y otros papeles por el estilo. Durante mucho tiempo se pensó que estos textos estaban redactados en un tipo de escritura indescifrable inventada porWalser, hasta que Bernard Echte y Werner Morlang descubrieron que se trataba simplemente de cursiva alemana corriente –escondida, eso sí, detrás de la pequeñez del trazo–. Así comenzó la tarea de desciframiento (que todavía hoy continúa) que permitió agregar a las tres novelas antes mencionadas una nueva, El Bandido (inconclusa)”.

Algunos aseguran que: “Es Walter Benjamín quien sacraliza a Walser, denunciando un hecho traumático: "se puede leer mucho de Robert Walser, pero nada sobre él". Resulta risible semejante frase en una época en que es mucho más fácil leer "sobre" un autor que al autor mismo. Benjamín deja escapar una verdad iluminadora: habituados como estamos los que leemos a enfrentarnos con los enigmas del estilo, "nos encontramos aquí ante un lenguaje en estado salvaje (al menos aparentemente) y que carece por completo de intenciones, aunque es atractivo y fascinante".
Walser jamás corrigió una línea. Uno podría no creerlo, pero sería bueno hacerlo, porque para Benjamín escribir y no corregir lo escrito es "la compenetración perfecta de la extrema falta de intención y de la intención suma".
Si el suyo es un "caso" se debe, ante todo, a esa frugal necesidad, desarticulada para su época y para cualquier otra, de querer ser nadie, de rechazar la fama y combatir el orgullo como si se tratase de enfermedades contagiosas que es menester mantener alejadas a cualquier precio. Sus personajes se le parecen. Todos, como Jakob von Gunten, quieren ser "un magnífico cero, redondo como una pelota". O como Joseph Marti, el protagonista de El ayudante: "un botón colgante que nadie se toma la molestia de coser". O como el bandido sin nombre de esta novela, alguien a quien "tratan como un auténtico desecho" —situación que incluso a él mismo lo alegra.
Walser no se cansa de insistir en la gran utilidad que depara ser un verdadero inútil. (¿O acaso son pocas las cosas útiles que resultaron absolutamente perjudiciales?)” (3)

VALORACIÓN

(...) “La estructura de este libro es simple e ingenua, hasta podría decirse que carece por completo de estructura. Y como en todos sus libros abundan las observaciones simplistas, cotidianas, banales. El artificio parece simple: basta observar y luego transcribir lo observado. No hace falta más. No hace falta una historia, apenas una anécdota, y si es entretenida, mejor. Ninguna meta, ninguna pretensión ni literaria ni humanitaria ni ecológica”. (4)

Según Alan Pauls (5), “Walser sienta las bases de una poética menor, monocromática, a la vez frágil e irreductible, cuyas frases se despliegan, en palabras de Walter Benjamin, con la gracia pobre y soberana de una guirnalda. “Nada es más seco que la sequedad, y para mí nada vale más que la sequedad, que la insensibilidad”, escribe Kocher, y la frase suena como la señal precoz de esa táctica del renunciamiento con la que Walser, de allí en más, deshidratará toda imaginación, todo estilo literario.
Poco después, en Berlín, entre 1907 y 1909, cuando frisa la treintena, Walser redacta las tres ficciones a las que debe su fama de artista imperceptible: Los hermanos Tanner, El dependiente (incluida en el volumen de Eudeba) y Jakob von Gunten, también conocida como El Instituto Benjamenta. Llamarlas novelas es necio y, sobre todo, un poco tosco; son libros sin corregir ni terminar, en los que nada añora, sin embargo, esas cláusulas del oficio narrativo; (...) Lisa, la hermana que Walser idolatró, es sin duda el original de Hedwig, la institutriz abnegada de Los hermanos Tanner; es fácil reconocer en El dependiente rastros múltiples de la temporada que Walser pasó como empleado contable en Wädenswil, y el instituto que regenta el señor Benjamenta, dedicado a formar “ceros a la izquierda magníficos, redondos como una pelota”, calca la academia berlinesa donde el joven Walser aprendió a servir. Pero ¿qué valor pueden tener esas referencias, ancladas todas en una vida preexistente, comparadas con la extraña forma de vida que esas páginas hacen existir? Como Kafka, Walser habló y escribió mucho sobre sí mismo, pero lo que anima esa verborragia es una voluntad encarnizada de extinción, el sueño –paradójico, tal vez imposible– de no ser nadie, de ser menos que nadie, de ser cero”.

Ciertamente, en esta obra Walser parece que no cuenta nada; pero se trata de un no contar nada magnífico, porque no contar nada no significa no hablar de nada. Y Walser habla de muchas cosas, en apariencia triviales, aunque muy importantes en el fondo. Habla sobre todo sobre una institución regida por un hombre y una mujer, que representan dos estilos diferentes de autoritarismo: él, la autoridad distante e implacable; ella, la autoridad afectuosa y cercana, casi maternal. En el instituto, Jacob está rodeado de media docena de pupilos, que bien pudieran ser sus hermanos. La función de la institución académica es la de prepararlos para una vida social adulta, mediante la enseñanza de valores morales, fundamentalmente la obediencia, la sumisión y la docilidad. Esta institución bien podría tratarse de una familia centroeuropea de finales del siglo XIX. Jacob es el último en llegar a la institución hecho que colma de alegría al señor Benjamenta (tal y como confiesa él mismo al final de la novela). Jacob se debate entre la obediencia a las normas de sus mayores y su naturaleza rebelde y transgresora, entre la vocación de servicio que tratan de inculcarle y su amor posesivo por el dinero. Klaus, su compañero en el instituto, representa la voz fría e indolente de la conciencia; mientras Johan, su hermano, representa aquella parte de su propia naturaleza que desea reprimir: la vida mundana, las fiestas, la riqueza, etc... Tras la muerte de la señorita Benjamenta, que simboliza la figura de la madre, la institución se disgrega, y Jacob decide quedarse con el señor Benjamenta, su padre, más movido por el interés que por el afecto que siente realmente hacia él.

Por consiguiente, el libro puede entenderse como una crítica muy ácida hacia la familia tradicional, que educa a sus hijos para perpetuar la obediencia y la sumisión en la vida adulta.

INTERVENCIONES

Nicolás Zimarro:

L. Wittgestein defendió que el único lenguaje con sentido era aquel que se refería a la realidad. Según él, la realidad era la totalidad de los hechos, y el lenguaje la totalidad de las proposiciones. Así, del mismo modo que los nombres designan objetos, las proposiciones representan hechos, que son el modo en y como acontecen o se presentan los objetos. El lenguaje, en fin, no es otra cosa que la representación lógica de la realidad, de forma que los límites del lenguaje no son sino los límites del mundo.

Robert Walser parece participar, de alguna manera, de esta concepción figurativa del lenguaje. Él entiende el acto de la escritura como un manotazo al mundo. La escritura es su propio yo ordenador del mundo. Y el mundo es una constelación de instantes y hechos susceptibles de ser ordenados. El acto de escribir, por tanto, supone un ejercicio de paroxismo o de éxtasis creador de la realidad, en la que sólo acontece lo que es descrito por esa suerte de notario divino. La escritura es, en definitiva, un modo de ser personal e intransferible, explicitado en una presentación objetiva de un orden del mundo. Y por ello, la escritura por la escritura es un fin en sí mismo, porque es la manifestación gráfica y expresa de una identidad personal aglutinadora de la totalidad de la realidad.

Walser enarbola la bandera de la poquedad, que se concreta en la convicción de que ser nadie es la mejor y sublime manera de optimizar la esencia de la naturaleza humana, o sea, la única forma satisfactoria de ser dios, un dios que se perpetúa en la escritura, en esa forma genuina de actualización de la creación del mundo real.

Vanesa Guerra (6) apunta esta misma idea en este texto:

“El movimiento de Walser no es el paseo que alguien daría en una ciudad o en un pueblo, sino la habilidad única de dar dimensiones temporales y espaciales a una imagen con la que se topa y se fascina. En una imagen está el todo. Eso es el éxtasis. El éxtasis detiene el tiempo pero ocupa todo el espacio fuera del tiempo-espacio. Digamos que escenifica un tiempo hecho de puro pensamiento, pleno en su captura, pero intensamente fugaz. Las caminatas por el pensamiento (Le Poulichet) de Walser tienen como único soporte material la escritura y de la escritura el cuerpo. De modo que Walser —la operación Walser— es una imbricación de pensamiento y escritura yo-cuerpo, es en ese punto donde Walser se reconstruye a sí mismo para deshacerse y rehacerse afuera en el paseo-escritura donde se compone en el encuentro fugaz y fortuito con el instante del mundo; con las formas del mundo jamás se entendió, no se historiza en él, con las variadas formas del mundo se fascinó, se extasió —que es muy distinto.
En el éxtasis hay algo del orden de lo insoportable, algo que no se inscribe, que no deja huella, que captura y fusiona. El paseo de Walser no es un recorrido que hace una pequeña historia, sino que es una sucesión de instantes que transcurren y se disuelven permanentemente. Al mismo tiempo es Walser narrador quien transcurre y se disuelve una y otra vez.
La fascinación abarca el tiempo y en esa disolución de cortes la eternidad ha de ser un instante, algo fugitivo, una fusión con el universo. Incrustada en el exceso nos remite a una mística. Por eso decimos que no hay historia y decimos que hay instante y éxtasis.
Todo recuerdo quita la categoría de fascinación, le sustrae su atributo pues lo ubica en una dimensión temporal que luego deviene en una inscripción. Digamos que allí, en esa operatoria, podemos diferenciar el rememorar de la reminiscencia. Exiliado de la historia y anclado en la reminiscencia Walser opera y lleva—desgarrado en su propio salvataje— el acto de la escritura. Un manotazo al mundo.
Y agreguemos, por si acaso, la siguiente redundancia: la historia es posible sólo para un yo que la organiza. Fuera del yo hay instantes, alboroto, arrebato. El yo walseriano es la escritura y de la escritura su paseo, paseo por la lengua, paseo por la palabra que va quedando una detrás de otra como Aquiles tras la tortuga.
Pero algo ocurre. Walser reinventa la lengua, reinventa en el hospicio su escritura, hace un pasaje al extremo primario del narcisismo, una lúdica infantil, o genial.
En el año 1929, a los 51 años, el escritor fue internado en un hospicio de Waldau para luego ser trasladado en 1933 a un psiquiátrico de Herisau, Appenzell. De su escritura sólo quedan papeles con letras abigarradas, que no superan el milímetro.
Walser implosiona y manejará el tiempo y el espacio desde un exilio social bajo las síntesis de un yo precario, desgarrado, anclado en el presente ahistórico que impondrá una nueva fórmula antes de ahogarse en la anarquía, o quizá en la suspensión del deseo de escribir”.

 

Joseba Molinero:

Se trata del diario de un joven acomodado que renuncia a sus posibilidades de vivir un futuro de bienestar y prosperidad, para ser educado en la docilidad, la obediencia, el servilismo, el orden y el silencio.

Es un diario escrito de una manera fluida, que pone de manifiesto el dominio que Walser poseía de la técnica de la escritura. Incluso, en algún caso, utiliza algunas figuras literarias, como son las referencias oníricas, las metáforas y ciertas imágenes que rayan lo poético. No obstante, el diario se presenta de un modo desordenado, como un conjunto de reflexiones y anécdotas totalmente carentes de atractivo, en las que el protagonista narra lo que observa día a día, independientemente de lo que esto sea, desde la distancia, desde un desapasionamiento casi fatalista. Aunque no por ello sea acertado determinar que la intencionalidad del autor al escribir este libro es la del mero ejercicio de la escritura por la escritura. Al respecto, parece más razonable entrever en el texto una crítica a la concepción de la institución de la familia del momento, al sistema educativo, a la sociedad alemana en general, a la idea de Dios, a la religión en sí, a los efectos y consecuencias de la idolatría al dinero, a la opulencia de las sociedades burguesas, etc... Es más, el diario puede entenderse como una propuesta pragmática para la consecución de la felicidad, que se resume en este enunciado: “La felicidad consiste en servir, obedecer, no pensar, no sufrir”. En este sentido, se trataría de una invitación a alcanzar la felicidad, por medio de la evitación del sufrimiento. Lo cual sólo es factible, renunciando al propio pensamiento y a la propia soberanía personal. El presupuesto es que pensar acarrea problemas, supone tomar decisiones, forjarse una opinión, en fin, supone sufrir; y no pensar, que es obedecer, servir, supone una vida, si no más cómoda sí menos dolorosa. Ambos planos del presupuesto están representados en sendos personajes de la obra, v. G.: Johan, el hermano rico de Jacob, y Klaus, su compañero y guardián en el instituto. Y la conclusión es, como por otra parte también apuntó Voltaire: “Trabaja sin razonar. Esa es la única forma de hacer soportable la vida”.

 

Miguel San José:

El fundamento de la literatura reside en la finalidad del propio acto de escribir. Este acto, en ningún caso, puede constituir en sí mismo el fin último de la actividad creadora. Esto es, el escritor ha de tener algo que contar realmente. Es entonces cuando la literatura tiene valor y sentido. No basta, por tanto, con escribir con fluidez, corrección gramatical y dominio de las técnicas narrativas. Si no hay nada qué decir, está de sobra la redacción de un texto. Y parece que éste debiera ser el caso, en esta ocasión. Pero, por desgracia, no es así. Walser escribió un libro, para no decir nada.

Jon Rosáenz:

Pretender establecer un objetivo o intencionalidad a esta obra resulta erróneo, por cuanto el mismo Walser confesó en varias ocasiones que ni él tenía una finalidad prevista para su vida, ni sus textos ningún propósito predeterminado. Si acaso, sólo cabe mencionar un único objetivo existencial declarado: ser nómada, caminante incansable en la ciudad, entre ciudades, en todas partes. Y esta actitud ante la vida, característica de un dromómano, implica unas consecuencias tales como un extremo desarraigo, una falta absoluta de compromiso con nada ni nadie y una asunción de la propia vida desde una flagrante desafección.

Todo ello queda plasmado en esta obra, que es una novela a autobiográfica que recoge su experiencia berlinesa en una academia para la instrucción de sirvientes. Robert Walser habla acerca de sí mismo, ya con treinta años, presentando el personaje de Jacob von Gunten, un joven adolescente, desarraigado, pusilánime y completamente adocenado, cuya actividad en el instituto Benjamenta se reduce a obedecer, servir, observar, pasear y escribir un diario, en el que se refieren escenas y situaciones carentes de sentido alguno, las cuales pueden ser consideradas como un anticipo premonitorio de la estilística Kafkiana.

DE hecho es innegable la relación entre ambos, al menos el conocimiento que Kafka tenía de la obra walseriana. Sirvan estos dos textos de apoyo a esta apreciación: “Ya en 1914 Musil le reprochaba a Kafka haberse aproximado demasiado al tono de Robert Walser. Y es que Musil opinaba que el estilo peculiar de Walser debía ser suyo y sólo suyo; por esa razón le inquietaba el primer libro de Kafka, Contemplación. Por su parte, consciente de ese "defecto", Kafka se cuida mucho de mencionarlo. Max Brod, en cambio, dio cuenta de la infinita admiración que el escritor checoslovaco sentía por el suizo”. (7) “Pasa, naturalmente, por la experiencia kafkiana de la compañía de seguros, pero es difícil saber aquí quién plagia a quién. (Dicen que el jefe de Kafka en el Instituto de seguros de Praga solía comparar a Kafka con los personajes soñadores de Walser, y que el propio Kafka, no se sabe si conmovido o qué, le recomendó un día que leyera Los hermanos Tanner, el segundo libro de su colega suizo.)(...) Tuvieron que pasar años hasta que alguien, hurgando en las páginas del Kafka de Max Brod, encontrara el fragmento en el que Brod describía las carcajadas que habían celebrado la primera lectura pública de El proceso. Y fue el mismo Brod, albacea impagable, quien hacia 1960 evocó el día en que Kafka irrumpió en su casa enarbolando el Jakob von Gunten de Walser y se puso a leerle unos pasajes en voz alta, interrumpiendo la lectura sólo una vez, definitivamente, para reírse “de un modo estrepitoso y continuo”.(8)

Tampoco se antoja pertinente la búsqueda de un sentido ético o transcendente del libro. Como afirma Alan Pauls (9) refiriéndose a los textos walserianos, “Son documentos íntimos, autobiográficos, apenas travestidos; pero lo que importa en ellos no es tanto la verdad que encierran, como el modo raído y rutinario en que impersonaliza la realidad”.

En fin, Robert Walser quería ser un copo de nieve, ínfimo, pequeño, replicado millones de veces, que se hace grande y actualiza todas sus potencialidades de un modo óptimo, conformando un manto inmaculado, indefinido e impersonal de identidad. Y así lo confirma en este poema:

“nieva que nevará.
La tierra se repliega
En un lamento blanco,
Allá a lo lejos.
Vacila bajo el cielo el hervidero de copos en un “ay”.
Nieve. La nieve.
Ofrenda de una calma y de una amplitud inédita.
Me ablanda el mundo blanco de la nieve.
Mi ansiedad diminuta se agiganta,
Y en lágrimas se ahoga lo más hondo”.

 

Roberto Sánchez:

La obra de Robert Walser se caracteriza aparentemente, en opinión de la mayoría de sus críticos, por no “contar” nada, en el sentido estricto de este término. Este libro es un buen ejemplo de tal afirmación. Hasta el punto que puede llegar a aburrir al lector que busque acción o que espere que pasen cosas. Porque en el instituto Benjamenta no ocurre casi nada, y todo lo que sucede o acontece es planificado o coloreado por la imaginación de Jacob von Gunten.

De todas formas, en esto poco que cuenta quizá trasluzca una crítica implícita a la sociedad de su tiempo. No hay que olvidar que el libro se publicó unos años antes de la Primera Guerra mundial, y que en esa época el marxismo cobró una extraordinaria pujanza como doctrina política. Pudiera ser que Walser critique precisamente la propuesta de organización social, política y económica que propugnaba la doctrina marxista, por considerarla deshumanizante, esclavizante y alienante, personalizando en Jacob von Gunten todas las consecuencias de su puesta en práctica.

(1) http://www.Wimbledon.com. El weblog de Guillermo Piro.
Junio de 2004. Los inrockuptibles. El bandido. Robert Walser.
(2) http://www.pagina12.com.ar Radar libros. Pág/12. Buenos Aires. Argentina.
Nicolás Gelormini. Ciudades de la imaginación
(3) ver 1
(4) ver 1
(5) http://www.pagina12.com.ar Radar libros. Pág/12, 5 de marzo de 2000.
Alan Pauls. Menos que cero.
(6) http://www.Letralia.com Artículos y reportajes. Año IX, nº118, nov 2004
Vanesa Guerra . Robert Walser o los manotazos del instante.
(7) Ver (1)
(8) (8) Ver (5)
(9) (9) Ver (5)