Apuntando maneras

Dios le preguntó a Caín:

—¿Dónde está Abel?

Caín estuvo a punto de contestarle que él no era el guardián de su hermano. Estaba harto del favoritismo de Dios por Abel. En vez de ello enderezó la espalda, se puso una mano en la cadera y levantó el mentón desafiante.

—Tú sabrás, ¿no? ¿No eres omnisciente? —dicho lo cual le dio la espalda, se echó al hombro un fardo de trigo recién segado y se encaminó hacia el molino al otro lado del erial.

Dios se rascó el cogote descolocado por la respuesta del otro porque el caso era que no sabía dónde estaba Abel. Decidió que sería mejor dejar en paz a aquellos tipos o no le traerían más que problemas.

Roberto Sánchez