Envidia

Mientras se ajustaba la corbata, se percató del gesto iracundo que le devolvía su imagen en el espejo. El entrecejo fruncido, los dientes apretados, las mandíbulas tensas. Era extraño, en realidad estaba de muy buen humor, aquel era el último día de trabajo antes de las vacaciones. La idea de comenzar a preparar el equipaje al volver esa tarde le hizo esbozar una sonrisa. Sin embargo, en su reflejo solo se dibujo un rictus de desprecio y asco. En el fondo de sus pupilas casi creyó adivinar unos trazos odio. Se encogió de hombros y salió de casa. Volvió a mirarse en el espejo del ascensor mientras se atusaba el flequillo. Ahora su sonrisa resplandecía y sus ojos se entrecerraban con un brillo alegre premonitorio de la libertad que pronto llegaría. Todo estaba en orden.

Cuando regresó esa noche, bajo sus pies crujieron los pedazos del espejo roto. La luz que se filtraba desde su habitación al fondo trazaba una diagonal sobre el suelo. Se aproximó despacio, cauteloso. Sobre la cama estaba su maleta a medio hacer. Era su ropa la que aparecía ordenada en montones sobre la colcha. No se atrevió a girarse cuando escuchó una pisadas en el corredor, solo fue capaz de mirar el espejo de la cómoda que tenía delante y ver cómo él mismo se acercaba desde el pasillo. Tampoco se resistió cuando unos dedos como los suyos se aferraron a su garganta.

Roberto Sánchez