La hora del misterio

“¿Qué es un fantasma?

Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez,

un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún,

un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa,

como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo”

“El espinazo del diablo” (Dir. Guillermo del Toro)

 

Conocí a Cristina Del Río una mañana en un quiosco de prensa y revistas en la Gran Vía de Madrid. Una Mujer en extremo llamativa que compraba los últimos números de las revista Año Cero y otras por el estilo. Su vertiginoso escote como las curvas precisas de su cuerpo que se dibujaban en su ceñido vestido provocaron en mí el inmediato deseo de empezar una conversación, pero mi escaso tacto al acercarme a una mujer por primera vez, jugó una vez más en mi contra.

— Buena literatura... “Hay vida en Egipto”, “A mi me agarraron los extraterrestres, y... ¡No me dolió!” —Dije con una sonrisa.

— Supongo que te refieres a los misterios de las pirámides de Egipto, a la vida en mundos lejanos, y a casos de abducción, por cierto dramáticos en su totalidad que no tienen nada de divertido.

Borró mi sonrisita de idiota de un plumazo, me sentí como un iluso en un frustrado intento de empezar a ligar con una chica que estaba fuera de mi alcance. Ella me sonrió con superioridad y se alejó con su esotérica prensa. Caminaba dando pequeños pasos, sus tacones la elevaban hasta el cielo de mis fantasías, y sus nalgas debajo del vestido su movían con firmeza provocando pequeños temblores sobre la tela. Era alta, elegante, y en apariencia, imposible.

Me detuve en una terraza donde tomar un café y leer las espantosas noticias que procedían de Libia, en aquellos días Gadaffi era linchado en masa por razones que estaban muy alejadas de mi entendimiento, imaginé que la explicación más probable del por qué de su muerte la encontraría en la revista Año Cero. Afortunadamente pude evadirme del horror de las noticias, cuando una voz suave me preguntó si se podía sentar a mi lado para tomar un café. La valoré durante un primer instante como una aparición, me resultaba increíble que esa preciosa mujer buscara mi compañía. Por más que intentará mirarla a sus profundos ojos, aquel escote diabólico ponía a prueba toda mi galantería.

— Hola, soy Gabriel... encantado de conocerte. ¿Cómo te llamas?

— Me alegra mucho que no me reconozcas, hasta me hace sentir más auténtica... Casi lo prefiero así.

Sin embargo cuando le vi extraer de su tabaquera un Gauloise y colocarlo en una boquilla larga de color negro para fumar tal como lo haría una diva al estilo de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany's, para mi mayor sorpresa me di cuenta que se trataba de la Cristina Del Valle, la conocidísima presentadora del noticiero de la noche de la televisión. Obviamente yo soy ningún George Peppard, que pudiera ir a juego con semejante belleza, con lo que mi tensión aumentó enrojeciendo mi rostro, estaba junto a una de las mujeres más deseadas sexualmente de los medios. Me sonrió mientras me clavaba una mirada radiografica. “— Pues ya sabes quien soy...” Sí que lo sabía. una personalidad controvertida, con fama de mujer liberal, se decía de ella que su ascenso meteórico en la carrera de periodismo desde corresponsal en la guerra de Afganistán se debía, a su escote, a su talento con la lengua, a sus inclinaciones de ninfómana insaciable, a su incapacidad de nunca decir no, y a las fiestas orgiásticas que montaba en su enorme piso en Madrid. Esta serie de calumnias provocadas por la envidia de muchos colaboradores no pudieron destruir su talento profesional ni desbarrancarla de la cima que había alcanzado en los medios. Ni siquiera con el testimonio de unos marines que decían haber participado en un gang-bang con la periodista en una tienda de campaña con siete hombres.

— ¡No puedo creer estar frente a la leyenda viviente de Cristina!

— ¿Leyenda? ¿Viviente? No sé que me sorprende más, el hecho que me consideres una leyenda, o viviente después de mi suicidio profesional

— ¡Ah, claro! Aquella entrevista al rey... algo escuché en su momento... ¿Fueron los “aminowanas”, verdad?

La periodista había entrevistado al rey después de una de sus famosas cacerías en Kenia. Tenía previsto un cuestionario que debía dejar bien parado al monarca, haciendo mención sobre todo a sus viajes como embajador de España a Sudamérica. Pero esta defensora de los derechos de los animales, no consiguió evitar preguntar: “¿Cuantos elefantes asesinó Su Majestad en África? ¿Cazó algún Ñu, o alguna de esas peligrosas gacelas? Y... ¿Algún aminowana?”. Ese sí fue el fin de su carrera como periodista, esto sumado al rumor infundado que se corría desde hacía tiempo, que durante un informativo de la noche le hizo una mamada al presentador debajo de la mesa, mientras el pobre periodista novato tartamudeaba las noticias durante interminables minutos.

— ¿Qué son los aminowanas, Cristina?

— Ja ja ja, ¡Qué tonto eres!

— Igual tienes razón... demasiado tonto incluso para conseguir trabajo de periodista, acabé la carrera hace años y sigo en el paro...

— ¿Y, por qué no me das tu curriculum?— me preguntó con una amplia sonrisa.

Así había acabado la prometedora carrera de Cristina, en una televisión local de escasa audiencia, conduciendo un programa a las dos de la madrugada llamado “La Hora del Misterio”. Después de meses sin conseguir ni el más mínimo contrato como periodista, los empresarios de esa cadena de mala muerte pensaron que ese tristemente conocido rostro daría un pequeño empuje al índice de audiencia. Era un programa esotérico muy trillado en cuanto a temática, y a la sombra del famoso “Cuarto Milenio” de Iker Jiménez, aquel conductor al que los adjetivos necesarios para describir lo paranormal parece que nunca le fueran suficientes. Así finalizaba una famosa periodista al mismo tiempo que así empezaba mi carrera, como ayudante o becario, pésimamente pagado, escribiendo guiones, haciendo pequeños reportajes a chalados que creían haber visto OVNIs, ayudando con el sonido, inventando psicofonías falsas, dibujando con el Adobe brumas de fantasmas que frecuentaban hospitales y castillos abandonados, buscando entrevistas con los “científicos” de lo paranormal, y ¡Cómo no! preparando también el café. Pronto me vi a mí mismo comprando los lunes las revistas esotéricas, que ella demandaba para encontrar algún material nuevo para su programa. ¿Podía ser peor? Supongo que al menos no acabé adivinando el futuro a marujas después de las doce de la noche, ni mantenía a la espera telefónica a gente ingenua que intentara adivinar un acertijo infantil para ganar quinientos euros. Sí, siempre puede ser peor... Aunque para ser sincero había un pequeño incentivo en la miserable paga mensual con el que podía regocijarme, no todas las habladurías acerca de Cristina eran falsas, tal como pude corroborar la primera semana en mi camerino.

Era mi primera vez en un estudio televisivo, mi aparición sería breve, solo para anunciar la entrevista que yo mismo había hecho a unos abueletes de un pueblucho perdido de Soria, sobre el avistamiento de lo que ellos aseguraban se trataba de un “ogni estaterreste de esos” ¡Vergüenza debería darme este rimbombante comienzo como periodista! Sin embargo me sentía nervioso, aparecer frente a la cámara junto a Cristina, tan desenvuelta, tan mínimamente vestida (un eficaz truco de los productores para conseguir alguna babosa audiencia masculina), y tan deseable... Sería la envidia de mis amigos que después del fútbol se habrían reunido para ver mi debut. Repasaba de memoria mis escasas primeras palabras frente a la cámara, cuando la puerta se abrió y ella con su voluptuoso cuerpo que deseaba salirse de su vestido cerró la puerta tras de sí.

— Faltan veinte minutos para la audición. ¿Estas listo? ¿Te aprendiste la lección para hoy, mi favorito aminowana? — Me preguntó guiñándome un ojo.

— Estoy nervioso, me siento como un adolescente a punto de tener su primer polvo— Mi subconsciente me traicionaba...

—Si me lo permites, conozco algún pequeño truco para que te relajes...

Caminó hacia mí y apoyando su mano contra mi pecho me dio un suave empujoncito que me obligó a caer sentado sobre la silla. Completamente inmóvil pude ver como todas las fantasías sobre Cristina iban adquiriendo vida. Las historias más eróticas que había oído, incluso investigado en los últimos días en páginas más frikis de Internet, cobraban de repente una irrefutable veracidad ante mis ojos, cuando ella poniéndose de rodillas en el suelo comenzó a desabrochar mi cinturón. Contuve la respiración durante esos desconcertantes instantes hasta que ella bajó mi pantalón junto a mis calzoncillos de un golpe, y separando mis piernas, y sin mediar palabra alguna hundió su cabeza en mi entrepierna para devorar mi polla que aún no estaba tiesa del todo. Simplemente me dejé llevar, “¡Estaba en manos de una profesional!” Ese pensamiento me resultó divertido, sonreí, me relajé y volví a respirar. Su boca caliente y húmeda no pasó inadvertida para mi miembro, la erección no se demoró en aparecer con todo su esplendor. Ella, al sentir mi pene reaccionando a las caricias de su lengua lo festejó aumentando la profundidad con la que la engullía. Acariciaba con ternura sus rizos, acompañando con mis manos a su cabeza que subía y bajaba mientras su boca me mojaba completamente. A veces su lengua giraba en pequeños y rápidos círculos sobre mi sensible glande provocándome descargas eléctricas mezcladas por agotadoras cosquillas que saturaban mis sentidos, otras veces su lengua empapada descendía hasta mis testículos para acariciarlos perversamente. Así sensibilizado en extremo, toda mi columna vertebral se arqueaba involuntariamente sobre el respaldo de la silla, acercando mi sexo aún más a las delicias cálidas de su lengua. Mi primera audición había desaparecido de mi mente, solo estaba empeñado en disfrutar al máximo la mejor felación de mi vida, no solo por la belleza de esa mujer, o por lo representaba en cuanto a su fama de mujer fatal, sino por cómo me lo estaba haciendo. Hacía lo que muy pocas mujeres saben hacer, devoraba mi duro pene como si me estuviera comiendo de veras, como si tratara de tragar todo lo que podía ofrecerle, casi en su garganta ella tragaba saliva, con lo que la impresión de estar deslizándome hacia su interior resultaba alucinante. No pude aguantar más el momento de mi eyaculación, y en vano traté de salir de su boca para no llenarla de semen. Ella, adivinando mi final, cogió fuertemente mis manos llevándolas hacia abajo, quedando de esta manera completamente a merced de su infrenable boca. Sentí un torrente vertiginoso ascendiendo con la furia de volcán en erupción. Mis gemidos ahogados de placer sonaban desesperados al percatarme que no me brindaría ni una pausa de alivio cuando mi leche hirviente inundara su boca, todo lo contrario sujetándome con más fuerza aún me obligó a sentir la electricidad demoledora de su lengua. Mi cuerpo se sacudía con movimientos casi convulsos durante todo el desenlace de la tortura erótica a la que era sometido. Ella finalmente me liberó cuando se hubo asegurado de haber devorado toda mi esencia. Me quedé con la cabeza hacia atrás en un estado de semi-conciencia durante uno instantes, hasta que su voz me devolvió a la realidad.

— ¿Ya estás más tranquilo?

— Eso creo, aunque ya no me acuerdo de lo que tengo que decir, ni siquiera me acuerdo que hago aquí...

— Tampoco yo... —añadió con gracia

— Dime Cris ¿Crees alguna de estas las historias que cuentas?

Mientras abría la puerta del camerino se dio la vuelta y a manera de respuesta me sonrió, mientras se limpiaba con el pulgar una extraviada gotita de semen de la comisura de sus labios.

Pocos días después de mi debut en todos los sentidos en la televisión con la lujuriosa presentadora, estaba acabando la última nota de sucesos. Recuerdo que me costaba contener la risa frente a la cámara:

Munich, 13 de abril de 2012, Un hombre, rescatado por la policía tras ser acosado por una ninfómana.

Un alemán que ha tenido que ser rescatado por la policía. La culpa, de una mujer ninfómana que le obligaba a tener otra vez relaciones sexuales con ella después de pasar una noche juntos en la cama, según un comunicado de la policía de Munich...” — Contaba mientras trataba de no respirar para evitar soltar una risa.”...lugar donde ocurrieron los hechos.

Los agentes de policía tuvieron que sacar al hombre del balcón de la casa en la que se escondía de la protagonista, una mujer de 47 años edad...” — Necesité una pausa, tapándome la nariz, mientras rojo por la presión me sacudía a punto de estallar en carcajadas, cuando hube recuperado el aliento seguí informando. “...cuatro mayor que él, a la que conoció en un bar de la ciudad alemana.

La química surgió entre ellos ya que acabaron en casa de ella, pero el asunto se terminó descontrolando. La policía asegura que la víctima intentó irse de allí, pero la mujer cerró la puerta con llave. A pesar de que en un principio el hombre accedió, al final no le quedó otro remedio que escaparse al balcón, desde donde llamó a los agentes... Ja Jaj Jaja Jaja!... ante el asalto sexual... Jaj Ja Ja... al que estaba siendo sometido.” — “¡Menudo maricón!— Añadió Cristina, con lo que el estudio entero estalló en carcajadas. Así acababa la audición de esa noche, de una manera estupenda aunque poco sutil. Fue entonces cuando llegó a la redacción la noticia que me iniciaría como investigador de misterios de ultratumba. Se trataba de una mujer de cincuenta y dos años que aseguraba haber sido violada por uno o varios espíritus en un pueblo cercano a Albacete.

El caso no era original ni mucho menos, conocíamos algunos más en otros lugares del mundo. Uno de los más famosos era “El caso del fantasma violador” que había sucedido en Lima, Perú en el 2011. El programa televisivo Zona de Miedo, que es emitido por Panamericana Televisión reveló casos de seres paranormales que aparentemente abusaron de dos mujeres. El analista técnico Pedro Noguchi, explicaba que “no necesariamente puede tratarse de demonios, sino también de seres etéreos que utilizan el acto carnal para extraer energía a las víctimas”. Érika Villalobos, conductora de este espacio, decidió ingresar a la habitación en la que se había registrado uno de los casos, aguardando unos minutos encerrada en completa oscuridad presa del miedo que confesó sentir. Finalmente, y tras una larga y tensa espera, la conductora salió de la habitación sin haber sentido misteriosos contactos sexuales con íncubo alguno, con cierta desilusión, supongo. Unos minutos más tarde, el Grupo de Investigaciones Paranormales instaló una cámara especializada que logró captar una especie de figura gaseosa que se movió de izquierda a derecha dentro del dormitorio. Según sus conclusiones se trataba de un objeto casi sólido con aparente forma humana. Al ver en Youtube el testimonio de las mujeres asaltadas sexualmente me di cuenta que nuestro programa, a pesar de todo, era más creíble.

El segundo caso famoso, aunque mucho más dramático se registró en 1974 en Estados Unidos. Carla Moran, en una entrevista con los parapsicólogos Barry E. Taff y Kerry Gaynor, contó presa de una gran angustia sus experiencias sexuales con un ente. Todas las noches en su dormitorio era poseída carnalmente y contra su voluntad por algo o alguien incorpóreo, que además de violarla repetidas veces la golpeaba por todo el cuerpo. Según los “investigadores” las magulladuras que presentaba no podían de ningún modo haber sido provocadas intencionalmente por ella misma ni se podían explicar científicamente. El equipo de “científicos” instalado en la vivienda de Carla vislumbró y fotografió unas bolas de luz u orbs que rodeaban constantemente a la mujer. Pero lo más inquietante lo relata la misma Carla, aquel atacante era un hombre, o al menos tenía la anatomía de uno y que a veces estaba acompañado de otras criaturas que se encargan de sujetarle las piernas mientras éste la penetraba sin piedad. Desesperada, Carla después de varios embarazos psicológicos y totalmente traumatizada se trasladó al laboratorio de la Universidad de California donde vivió dentro de una casa de cristal especialmente diseñada para ella, monitoreada por cámaras de seguridad constantemente. Pero aún así el ente violador pudo hallarla y lograr su cometido. La primera noche que fue ultrajada, los que presenciaron el hecho pudieron observar como el cuerpo de la mujer se retorcía, movía y elevaba como si alguien en verdad la tomara sexualmente, sin poder ver a aquel íncubo salvaje. Finalmente los médicos implicados en el caso concluyeron que Carla era presa de sus propios traumas, ya que durante una hipnosis salió a la luz que fue víctima de abusos sexuales siendo niña.

Nuestro caso resultaba ingenuo y hasta divertido. Podía haber escrito la nota sin necesidad alguna de viajar tantos kilómetros hasta Albacete. En la carretera junto a mi diosa conduciendo a toda velocidad me sentía como un adolescente, después de aquella vez en mi camerino no volvimos a tener sexo, aunque me demoraba más tiempo del necesario en el trabajo, a la espera de que ella repitiera sus infrenables impulsos otra vez conmigo. Trataba de encontrarla en todos los sitios poco frecuentados o solitarios, como el ascensor o el parking. Pero el siguiente paso me lo haría desear hasta un punto extremo. Nuestro dialogo en el coche era fluido y divertido, recordábamos los sucesos más idiotas o entrevistas más patéticas que ella había presentado en el programa. Nos reíamos con ganas de los pobres diablos que daban testimonios sobre sucesos paranormales y de cómo engañábamos a los incautos espectadores con graciosas psicofonías inventadas. Todas las semanas cientos de correos electrónicos certificaban que las historias eran creídas por completo. Eramos malos, y disfrutábamos de nuestra malicia. Pero a pesar de aquella entretenida charla no podía pensar más que en sexo. Ella no se molestó cuando llevé mi mano sobre su regazo apenas cubierto por una pequeña falda, me sonrió para preguntarme:

— Mi querido aminowana ¿No te habrás olvidado nada del equipo científico que necesitamos?

— Ja ja ja, ¿Equipo científico? ¿Llamas así a un ordenador, unos micrófonos y dos cámaras de vídeo? ¿Qué esperas pescar con esos aparatejos?

Como siempre solía hacerlo, me respondió con una preciosa sonrisa, apartando mi mano me dijo que estábamos por llegar muy pronto, y que ya habría tiempo para “jugar” esa noche en el hotel del pueblo.

— Vosotros sois los de la tele, ¿verdad? —Preguntó el policía

— Sí. Venimos para hacer un reportaje sobre el salto sexual paranormal de la que fue víctima Doña Inmaculada... ¡Eh! Señor, ¡por favor! —Cris le llamaba la atención mientras el poli sonreía como un idiota frente a mi cámara, mientras pasaba su mano húmeda en saliva por su grasiento pelo para parecer más acicalado.

— Ah, perdone señorita... ¿Me decía de la vecina Doña Inmaculada Del Traste?—Confieso que la cámara se sacudió ligeramente al evitar reírme— “La señora vino a hacer una denuncia contra unos fantasmas la semana pasada, dice que se la pasaron por la piedra, pero para mí esta maruja tiene la cabeza llena de fantasías”

— ¿Usted cree que ella accederá a una entrevista?

— ¡Por supuesto que sí! ¡Ella haría cualquier cosa con tal de aparecer en la tele! — Nos dijo mientras cambiaba de lado el palillo que apretaba entre los dientes.

No hubo que caminar demasiado, vivía a la vuelta de la comisaría. Una mujer con tubos en el pelo y un chandal rosa, nos invitó a pasar completamente emocionada. Nos contó que aquella tarde, estaba persiguiendo una gallina que se le había escapado, la persiguió sin éxito por las calles del pequeño poblado, hasta que al fin pudo capturarla en las inmediaciones de la casa encantada que se encontraba a unos trescientos metros fuera del pueblo. Cuando ya se disponía a volver escuchó una voz que procedía desde adentro de la casa en ruinas, “Inma ven... Ven Inma...”. Picada por la curiosidad entró hasta la ruinosa cocina. Allí mismo fue hipnotizada por una voces masculinas de ultratumba, y de esa manera unos fantasmas empezaron a meterle mano. Ante este testimonio llegué a dos posibles conclusiones paracientíficas: o los fantasmas eran ciegos o esta gorda tenía la cabeza llena de pájaros. Cuando la interrogamos sobre la posibilidad que estos eventos increíbles se hubieran repetido antes en el pasado, ella nos afirmó que sí, y que había un viejo en las afueras que sabía todo sobre esa casa maldita.

Como lo suponía el viaje hasta aquí había resultado inútil, la nota periodística podría haberla escrito en media hora en casa, mientras disfrutaba de una buena cerveza mirando la televisión. Me apetecía caminar, y cogiendo un interminable sendero me dirigí hacia la casa de un viejo de ochenta y siete años, sin demasiadas esperanzas, solamente provisto de mi pequeño block de notas. Se trataba de un posible testigo histórico de acontecimientos de dudosa credibilidad. En fin... Me pagaban por ello... Solo me alentaba la lujuria desenfrenada que tendría lugar esa noche en el cálido y acogedor hotelito con la “ninfómana de los medios”. Ese sí era para mí el verdadero propósito del viaje.

El viejo no era tal como lo había imaginado. Le encontré regresando con sus ovejas a su casa, y cuando le expliqué el motivo de mi visita resultó muy colaborador. Con gran elocuencia me relató sin escatimar en precisas descripciones y datos cronológicos, desde el punto de vista de último testigo viviente, las historias que, desde hacía décadas envolvían aquella casa abandonada en el más triste de los misterios:

“Esa casita pertenecía a tres hermanos solteros de entre 35 y 50 años, los tres chalados, según eran conocidos por sus extrañas costumbres. No eran muy populares, eran republicanos y excombatientes que se habían instalado en estos lejanos parajes escapando de la persecución de las fuerzas franquistas. En 1940 uno de ellos, el menor de los tres, sedujo a una joven, María de solo 18 años. Por aquel entonces yo tenía veinte años. Ella completamente enamorada decidió huir de la casa de sus padres para empezar una nueva vida con este hermano. La familia de la muchacha jamás le perdonó que desapareciera, se ensañó con los hermanos, fueron acusados de rojos en el pueblo, insultados, incluso atacados a pedradas. Pero lo más dramático sucedió una tarde, unos muchachos hicieron una incursión a aquella finca movidos por la curiosidad.”

“Con mucho sigilo se acercaron a la ventana abierta del dormitorio y lo que vieron les dejó pasmados. En medio de la cama pudieron ver el cuerpo de una chica a cuatro patas, era María completamente desnuda, luciendo su belleza natural, sus cabellos oscuros, sus proporciones de una diosa griega, sus nalgas redondas, y hacia abajo se dibujaban unas tetas firmes que acababan en unos pezones en punta, listos para ser lamidos”. Al escuchar estas precisas y vívidas descripciones, a pesar de los largos años transcurridos, me pregunté si él mismo no habría formado parte de ese grupo de mirones impertinentes. Entonces el anciano pastor continuó:

“Un instante después la puerta se abrió, y para mayor sorpresa aparecieron tres hombres desnudos exhibiendo sus pollas completamente erectas. La escena que siguió resultaba inimaginable para unos muchachos simples de pueblo y más aún para aquellos años. Los tres hermanos rodearon a la joven, que entre suspiros se dejó acariciar por todo su cuerpo. Sentíamos una enorme excitación y ansiedad frente a lo que estábamos observando” Mis sospechas se confirmaban, no pudo evitar pasar el relato a primera persona... “Un momento después, uno de los hermanos se colocó detrás de la joven para hundir su cara entre aquellas espectaculares nalgas, le lamía a veces la vagina otras su apretado ano, era evidente que ella gozaba como una gata en celo a juzgar por sus gemidos. Otro de los hermanos se colocó debajo para mordisquearle los pezones mientras acariciaba las majestuosas tetas que ella ponía al alcance de su boca, arqueando todo lo posible su espalda hacia abajo. El tercero de ellos se había colocado enfrente de pie acercándole sus huevos hasta su lengua juguetona para que se los lamiera, mientras con su mano libre acaricia los negros cabellos y la escultural espalda de la muchacha, sin dejar de susurrarle palabras tiernas, que la animaban a entregarse cada vez más y más a la lujuria de los tres.”

“No podíamos ni siquiera imaginar que fuera posible lo que siguió. Esos tíos no eran de este pueblo, se decía de ellos que eran catalanes, otros decían que vascos, incluso franceses pertenecientes a las fuerzas internacionales republicanas, solo se sabía de ellos que desde luego no eran de aquí, y lo que le estaban haciendo a esa muchacha evidentemente era propio de gentes con unas costumbres muy diferentes y avanzadas respecto a lo que se podía esperar aquí en aquellos oscuros años. La chica a cuatro patas fue penetrada por su coño por los tres, que se la alternaban sin prisas, colaborando para mayor beneficio de la inextinguible lujuria de ella. Uno tras otro se deleitó a gusto, entre los más bellos y dulces gemidos que jamás había oído. Los dos que esperaban su turno, no se mostraban ni celosos ni inquietos, sino que sentados en la cama a cada lado de ella se dedicaban a acariciar su piel, a besarla y susurrarle al oído. Era obvio que la deseaban y la querían con mucha pasión.

“ Después de que la follaran así durante un buen rato, frente a nuestros incrédulos ojos, uno de ellos se puso debajo para penetrarla enérgicamente por su vagina. Solo hizo una breve pausa para que el otro, abriendo extensamente sus nalgas, entrara al mismo tiempo por su pequeño orificio anal, y así doblemente clavada hasta el fondo por dos pollas, la sacudieron con fuerza, mientras sus tetas rebotaban rítmicamente respondiendo a esos apasionados impulsos. El que estaba libre no perdía el tiempo, le metía su duro miembro por la boca. La muchacha lo mamaba con la misma desesperación que alguien a punto de morir de sed en el desierto se le entrega una botella de agua. Aquella doble penetración igual que antes fue disfrutada por todos, compartiendo hasta la saciedad sus dilatados orificios, sin prisas pero sin pausas. Increíblemente, con una voz suave y tierna, como si se tratase de una niña, les suplicaba más, más fuerza, más profundo, más rápido. Les pedía que nunca acabaran de follarla, les decía entre gemiditos de placer cuánto los amaba... El final llegó con María sentada al borde de la cama mientras ellos de pie frente a ella le lazaban interminables chorros de semen caliente hacia sus tetas, su cabello, su angelical rostro, y por su puesto a su boca abierta deseosa de saborear el espeso y blanco amor de los tres.”

— Pero, ¿qué tuvo de dramático aquello? Por lo que usted cuenta, fue bellísimo.

— Fue dramático porque fue observado por ojos inapropiados. Durante las horas que siguieron no se hablaba de otra cosa en el bar. A la mañana siguiente la escena que habíamos visto llegó a los oídos del padre de la joven. Movido por el resentimiento y la vergüenza, y sobre todo alentado por el cura fascista del pueblo, cuyo objetivo era sumirnos en la más remota edad media con cada sermón, decidió actuar de inmediato. Como la joven era mayor de edad y no podían obligarla a volver a casa de sus padres, la secuestraron una tarde en la que los hermanos estaban en el campo cosechando. Se dijo que la encerraron en algún lejano convento de clausura. A pesar de que ellos la buscaron desesperadamente durante años, jamás la volvieron a ver. Tres años después encontraron sus cuerpos sin vida luciendo trajes de domingo con un clavel blanco en el ojal, se cree que los hermanos murieron de tristeza. Se dice que como tres almas en pena, aún aguardan su regreso...

— Una pregunta más. ¿Son verdaderas las historias que se cuentan en torno a aquella casa encantada?

— Son todas puro cuento, hijo. Son historias de marujas de pueblo aburridas, o cuentos de jovencitas tratando de explicar relaciones sexuales prematrimoniales, o embarazos sin justificación. Así es, puro cuento... Dijo el viejo, y mirando hacia abajo con voz muy grave añadió:

— Todas, excepto una. Al año más o menos de aquel macabro hallazgo, una jovencita, Rebeca, que había sacado a pastar sus ovejas por los alrededores del pueblo, fue sorprendida por una repentina tormenta. Para escapar del granizo buscó cobijo en aquella casa. Rebeca no volvió a su casa. A la mañana siguiente sus padres muy preocupados organizaron un grupo para buscarla. No tardamos en encontrarla allí, en la casa maldita. Estaba en el dormitorio, acurrucada en un rincón, completamente desnuda, y temblando como una hoja de miedo. El médico no encontró ni signos de violencia física ni semen que indicaran una violación, aunque sí pudo percatarse que ya no era virgen, y que había sido penetrada vaginal y analmente posiblemente durante horas, según el parte médico que elevó a las autoridades. Esta joven jamás se recuperó, solía despertar a sus padres con gritos de terror, y otras veces era hallada desnuda en medio de su cama, con su conciencia completamente enajenada, murmurando repetidamente la misma frase: “No os veo, no os veo... dejadme... nos os quiero dentro de mí...”. Su salud empeoró muchísimo con los meses, hasta que no hubo más remedio que internarla en un manicomio, donde acabó con su vida diez años más tarde.

— ¿Por qué cree que esa historia es verdadera?

— Porque ella era mi novia

Cuando el anciano acababa su cuidada historia recibí un breve mensaje de Cristina al móvil: “Aminowana ven a la casa, no te lo vas a creer pero aquí pasa algo”. Intenté inútilmente llamarla, pero su móvil estaba fuera de cobertura. “¡Qué diablos pretendía allí sola!” Debo confesar que a pesar de mi escepticismo me sentía inquieto, el mensaje llegado justo cuando había acabado de oír aquel inquietante relato, sin exageraciones, sin pretensiones, y con una desapasionada esencia de veracidad. Empecé a caminar por el sendero aprisa, estaba oscureciendo y me encontraba a unos siete kilómetros de la casa. A lo largo de la interminable hora de caminata seguí en vano intentando ponerme en contacto con ella, no tenía porque faltar señal ya que las antenas de telefonía estaban recién instaladas para dar cobertura a todo el valle. Aceleré mi paso entre zarzas y pedruscos agrestes.

Con la última luz del día entré en la polvorienta casa, la puerta estaba abierta y desencajada de sus bisagras, había objetos y muebles desperdigados y rotos desde hacía tiempo, décadas. Llamé varias veces a Cristina sin tener ninguna respuesta. Con una linterna recorrí las destartaladas habitaciones. Desde el salón me atrajo el sonido repetido del crepitar constante de la púa en el último surco de un disco de pasta que giraba en un antiguo fonógrafo; alguien había puesto un tango de Gardel, “Madreselva”, no hacía mucho tiempo. Esparcidos sobre la mesita había más discos de tango y jazz. Un resplandor azulado me llevó a un gran dormitorio. En la cómoda estaba el ordenador de Cristina aún encendido junto a los micrófonos ultrasensibles para captar psicofonías, las gráficas que dibujaban los sonidos ambientales se hallaban en un nivel basal. Las dos cámaras de vídeo estaban posiblemente en el mismo sitio donde ella las había instalado, enfocadas hacía la cama, y continuaban grabando. La cama de dos por dos en el centro del dormitorio estaba cubierta por un mugroso colchón cuyos muelles salían amenazantes en algunos sitios. Las huellas que los zapatos de Cristina habían dejado sobre el polvoriento piso, evidenciaban que ella había caminado hasta el borde de la cama, donde posiblemente se había sentado, pero no había ningún vestigio sobre el suelo que indicara su salida. Su móvil operativo y con cobertura estaba junto a la cama, y para mi sorpresa sus braguitas blancas en el suelo. Recogí su teléfono y el equipo, y me dirigí a su coche que estaba aparcado a escasos metros de la puerta. Conduje hacia el pueblo para buscarla. Nunca más la volví a ver.

Después de denunciar su desaparición al mismo policía gordo de esa tarde, me dirigí inquieto a la habitación del pequeño hotelito que habíamos alquilado. Me disponía a investigar de primera mano en las grabaciones alguna evidencia que me aclarase porque Cristina había desaparecido sin más. No quería aventurar ninguna hipótesis, diversas sensaciones envolvían mi alma confusa, ansiedad, curiosidad, y por supuesto miedo... Encendí el ordenador y me coloqué los auriculares.

Estoy en una casa encantada, me dispongo a introducir los asombrosos sucesos que durante estos años tuvo lugar en este abandonado escenario... ¿Abandonado? Para los habitantes de este pueblo perdido en alguna parte de Albacete, no. Dicen que esta casa estuvo siempre habitada por unos inexplicables seres que sembraron terror durante décadas. Esta noche desvelaremos el misterio de los íncubos que se han cobrado varias víctimas, todas ellas mujeres de diversas edades, sometiéndolas sexualmente a descontroladas orgías. Esta noche “La Hora del Misterio” llegará hasta el fondo: leyenda o verdad, juntos encontraremos todas las respuestas...”

Así, sentada en el borde la cama, Cristina comenzaba la introducción a la investigación que estábamos llevando a cabo. Las cámaras la enfocaban desde dos diferentes ángulos. Detrás de sí podía verse la cama destartalada, dos mesitas de luz hinchadas por la humedad, y al fondo sobre la pared descascarada de adobe, blanca en otro tiempo, podía verse la impronta de un rectángulo más claro que alguna vez ocupó algún cuadro. Ella introducía el tema, con la soltura y el brillo de siempre, su belleza estaba en concordancia con su simpatía y seguridad en sí misma. Sus ojos grises, eran la delicia de cualquiera que quisiera perderse en aquella mirada expresiva, y su cabello aumentaba el pulso de quienes alguna vez nos habíamos embriagado entre esos rizos claros con su perfume. Sus delicados pies se elevaban sobre unos tacones negros, sus finos tobillos animaban a seguir subiendo la vista pasando por las rodillas que permanecían juntas hasta llegar a sus muslos, cubiertos hasta la mitad por una corta falda gris. Una blusa blanca abotonada hasta el lugar preciso como para que la presión de sus grandes tetas marcara un vertiginoso escote, aumentaba mucho mi ansiedad.

... Queridos espectadores...” — haciendo una pausa miró incrédula hacia el registro gráfico de los sonidos en la pantalla del ordenador portátil. “... Queridos espectadores esta noche seréis testigos...” — Volvió a mirar pero esta vez abriendo sus preciosos ojos presa de una repentina sorpresa. “... Aquí pasa algo...” — Dijo en voz muy baja, y cogió su teléfono móvil para escribir el mensaje que me había enviado cuando acababa la entrevista con el anciano. “Esto es de veras extraño, las gráficas indican que hay actividad sonora, no percibo nada, aunque los micrófonos sí... momento... es como un grupo de personas pronunciando un monosílabo muy largo, es una Aaaaa,... ¡Es un coro! Ahora oigo violines, el volumen está más claro ¡Esto es inconfundible! ¡Es un tango de Gardel! ... Viene desde un antiguo fonógrafo.” Podía seguir con toda claridad lo que ella había oído: Llevando el volumen casi al máximo, llegué a escuchar hasta el crepitar de la púa sobre los viejos surcos del disco de pasta. Cristina permanecía sentada, apretando sus manos sobre su falda seguía alerta a los sonidos que empezaban a devolver a la vida a aquella ruinosa morada. —“Nunca hubiera imaginado que las apariciones se anunciaran con música... Estoy tranquila, tengo la extraña sensación de haber sido bienvenida a este abandonado trozo del pasado, la música sigue... con toda claridad suena Sus Ojos Se Cerraron.”

La luz natural del cuarto se apagaba con el inexorable avance de la noche, iluminada con el tenue resplandor azulado del monitor, Cristina con sus preciosos ojos muy abiertos continuaba relatando sus sensaciones, cada vez más indefensa, presa de las sombras que con cada minuto conquistaba metro a metro la polvorienta casa. Junto con “El Día Que Me Quieras” empezó a describir las primeras sensaciones táctiles: “Estoy empezando a sentir como una brisa fría sobre mis tobillos, siento que ascienden hasta mis rodillas muy despacio. Me asusto e instintivamente cierro las piernas... ¡No! No es una brisa, es como una suave corriente que me hace cosquillas, algo muy difícil de describir, ahora sobre mis muslos que avanza lentamente. Me siento asustada, no sé lo que esta sucediendo... pero al mismo tiempo debo admitir que es agradable, me relaja tanto... Me cuesta seguir hablando, las sensaciones son tan confusas que me resultan indescriptibles... Creo que mi voluntad cede, me dejo llevar por lo desconocido, siento como mis piernas se aflojan y se separan nuevamente. La “brisa” asciende suave y fresca por el interior de mis muslos.”

— ¿Nunca te vendaron los ojos? — Recordé aquella excitante pregunta que Cristina una vez me hizo durante una de nuestras charlas calientes.

— No... nunca... ¿A ti sí?

— Por su puesto... y no sabes de lo que te pierdes... — Me dijo con pícara sonrisa— Es como si te evadieras de tu propio ser, es dejarte llevar hacia lo desconocido sin sentimientos de culpa, esperas inquieta que te “hagan”, te entregas al placer y por cada nueva caricia inesperada todo tu cuerpo estalla en sensaciones...

Tengo mis ojos muy abiertos pero no puedo ver nada que se anticipe a lo que está sintiendo mi piel. Mis pechos son recorridos circularmente por una nueva brisa eléctrica, ¡avanza por debajo de mi blusa!” Mis ojos pudieron presenciar como sin causa aparente los botones de la blusa estallaban, liberando sus magnificas tetas de aquella opresión. La visión de las curvas majestuosas que llevaban hacia delante unos grandes pezones erectos traería a la vida a cualquier alma en pena, y así fue... Ella cerró sus ojos y se dejó caer hacia atrás apoyando sus manos en la cama. Entonces sus tetas comenzaron a deformarse bajo la presión de invisibles dedos fantasmales que las apretaban. Hice un zoom de la imagen, y pude ver como uno de sus pezones se movía circularmente, mientras involuntariamente me vi emulando con mi propia lengua aquel espectral y placentero recorrido. Tan sorprendente fue la siguiente escena, sus bragas se deslizaron a lo largo de sus piernas, para dar un par de giros rápidos en el aire y salir volando por la habitación. Las saqué del bolsillo de mi pantalón y como si quisiera sentirme participe, no pude evitar llevarlas hacia mi rostro para sentir su última perfume.

Su voz con evidente agitación siguió narrando: “...No me siento sola... las brisas están vivas... ahora cambian, se tornan húmedas, me mojan mientras dan vueltas alrededor de mis pechos desde afuera hacia mis pezones... ¡No puedo resistirme a este placer! Se está sumando algo nuevo... Lo siento acariciando muy suave mi cabeza, mi cara... mis labios... ¡Mis labios están siendo besados con la mayor dulzura que jamás he sentido! ... ¡No puede ser! Siento que alguien está ahora entre mis piernas... Ah, ah, siento una lengua cálida y húmeda... Ah, ah... alguien juega con mi clítoris, ya no es frío... me entrego... me entrego... No hay miedo, solo hay deseo... mi cuerpo relajado esta dispuesto a sentir... ¿Podéis oírme? Soy vuestra... — Dijo con un hilo de voz, entre gemidos dulces.

Mi asombro superaba mi curiosidad. El miedo dio lugar una creciente fascinación, los acontecimientos imposibles estaban impregnados de la belleza visual de Cristina flotando en un mar de placer fantasmal, mientras una guitarra emergida del más remoto pasado introducía el tango “La Última Copa”. Ella ya no hablaba para ningún público, sólo le restaban palabras sueltas provocadas por la emoción y las delicias del más allá. Fue en ese momento cuando vi aparecer las figuras nebulosas. Sus brazos estaban extendidos hacia atrás, y como tirando fuertemente de sus manos había una de esas extrañas figuras, otra se ubicaba delante que elevaba muy alto sus torneadas piernas, y sobre la mujer una tercera forma. Sus ojos errantes buscaban entre las sombras mientras su cuerpo empezó a moverse rítmicamente al recibir una invisible penetración. Pude ver con toda claridad la entrada de su vagina abrirse y cerrarse repetidas veces sin causa aparente, siguiendo el desenfrenado ritmo del placer que indudablemente estaba recibiendo. Las figuras revoloteaban a su alrededor, intercambiándosela continuamente durante los fascinantes y, al mismo tiempo angustiosos momentos que a mis ojos aún le quedaban por presenciar.

Me preguntaba si hubiera caminado más aprisa habría llagado a tiempo, supongo que no. Ella había abierto una puerta y tras de sí esa puerta se cerró. La imagen se tornaba más confusa, nubes de puntos en la pantalla interrumpían la escena a medida que se acercaba el final. Lo último que conseguí ver fue a ella colocándose a cuatro patas en la cama, y entre interrupciones visuales pude distinguir con claridad a tres hombres desnudos que tomaban forma. “¡Quiero que me folleis por mi culo!”— Ordenaba a los afortunados fantasmas que, sin hacerse rogar cumplieron con sus súplicas. Alcancé a presenciar a uno de ellos acercándose con una erección tan grande que provocó el cierre involuntario de mi propio ano. La penetró profundamente entre sus desesperados gemidos, mientras los demás espectrales hombres, tal como el anciano me había narrado momentos antes, se dedicaban a acariciarla con dulzura. Las interferencias no me permitieron seguir viendo nada más, solamente el sonido de la música continuó unos pocos minutos, “Madreselva”, comprendí que los espectrales bailarines se despedían de mí con un último y eterno tango...

Esta es la historia tal como la percibí, contada paso a paso. Tuve que repetirla muchas veces antes durante las primeras semanas de la desaparición de la audaz conductora, a la policía local, a periodistas de la prensa del corazón, y a mis amigos. Como era de esperar nadie creyó jamás en ningún suceso paranormal, consideraron todo como un ingenioso montaje preparado para que ella pudiera evadirse de su convulso destino y de los medios de comunicación, pasando a tener una vida anónima en algún lugar lejano. No me importó. Nadie más volvió a preocuparse del tema, la figura de la mujer más segura de sí misma que siempre hizo lo que le vino en gana, y que tantos hombres habían deseado, pasó al más absoluto olvido. Fue como si ella simplemente jamás hubiera existido. Aún conservo copias no censuradas de las grabaciones y de las imágenes de vídeo, que aún no logro explicar de una manera sensata. Siempre me resultó inquietante un detalle: desde su último mensaje a mi móvil hasta mi aparición en la polvorienta casa había transcurrido tan solo una hora, sin embargo desde que ella empezó a percibir los fenómenos había recogido al menos tres horas de grabación sonora y de vídeo. Muchas veces a lo largo de los años he vuelto a aquel paraje para intentar extraer a través de las descascaradas paredes de adobe, algún vestigio, algún susurro, alguna nota que me recordara a “Madreselva”. Nunca hallé nada que valiese como una señal de Cristina. La última vez fue hace tres años y después ya no necesité volver. En el suelo del dormitorio yacía detrás del cabezal de la cama un cuadro, que se había caído al suelo. A través del cristal roto pude ver que se trataba de una vieja foto en blanco y negro, eran los tres hermanos vestidos de traje de domingo con un clavel blanco en el ojal, estaban de pie rodeando a una mujer sentada que vestía de novia, con rizos brillantes, mientras sostenía como si se tratase de una Diva del cine clásico, un cigarrillo con boquilla...

NOTA: Aminowana se refiere a un triste chiste de índole racista. Los cazadores decepcionados por la escasez de presas para cazar acaban apuntando sus armas a los porteadores nativos, y estos suplican “¡A mi no wana!”

Mauricio Chiavarino

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