El pibe de Brandsen

Su nombre recorrió el mundo entero, aunque jamás lo hubiera imaginado, sobre todo siendo un muchacho más, igual a muchos otros que en aquellos años se reunían en el potrero de atrás de la iglesia para jugar a la pelota. Desde la distancia recordaba aquellos partidos entre el polvo, el griterío, y los únicos adultos que ponían algún orden entre los chicos: el larguirucho jefe de la Estación Pedro, que hacía de árbitro, y el cura con su sotana atajando penales en la portería.

El pibe no era nada especial, no destacaba a simple vista en nada, sin embargo a los veintipico sus engranajes creativos se pusieron en marcha. Una tarde de calor sin motivo aparente necesitó confesar su inquietud a su primo mientras tomaban un helado. Pocas veces habían hablado y casi no se conocían, tal vez fuera por eso que le dijo: “Necesito hacer algo diferente, algo que me llene...”. Su confesor se quedó solo con los puntos suspensivos de aquellas escasas y enigmáticas palabras. El pibe cumplió. A los dos meses vendió su coche, y con algún escaso dinero que había ahorrado, se tomó el tren hacia Buenos Aires, y de inmediato un vuelo a Nueva York.

Allí consiguió un trabajo de ayudante de cocina en un restaurante, y al cabo de dos años de duro trabajo logró ponerse una pequeña parrilla que llamó “El Pibe”. Sus sabrosos choripanes, su carne asada y su simpatiquísima atención atrajo a muchos clientes. Expandió su negocio. Al cabo de diez años contaba con cuarenta empleados en dos parrillas de lujo. Su fama aumentaba. Tres décadas de arduo trabajo le dieron un enorme éxito. “The Dorsia” era el restaurante más famoso de la ciudad, en que solo se podía cenar con una reserva de tres semanas de antelación. Los famosos más importantes pasaron por allí. El pibe había reunido una gran colección de fotos en las que aparecía junto a monstruos como David Bowie, Mohamed Ali, los Rolling Stones, Ronald Reagan, entre un enorme etcétera. Llegó incluso a ser portada del Times como el hombre del año. Sin embargo, una vez más sus engranajes se pusieron en movimiento.

Se aburría. Muy atrás en el tiempo quedaron sus amigos de Brandsen y aquellos partidos de pelota. Durante décadas no supo nada de ellos, solo mantenía una escasa correspondencia con su hermana María que ni siquiera vivía allí. La nostalgia, aumentaba a medida que sus empresas se hacían más prósperas. La enorme necesidad de volver a ver su abandonada pandilla y de caminar por las empedradas calles de su pequeña ciudad le oprimía el pecho. Sentía el reclamo de los que había dejado atrás de un día para el otro, así que voló de vuelta Ezeiza.

En Constitución tomó el primer tren a Brandsen. La ansiedad por reincorporase al pasado truncado hacía que aquel trayecto fuese insoportablemente lento. Viajó como lo hacía de pibe, sentado en el estribo, y lanzando algunos pedruscos por la puerta. Cuando aún faltaban unos kilómetros, ya tenía sus maletas en la mano, listo para saltar al andén. La estación de Brandsen se aproximaba despacio, inmutable, tranquila como si se tratara de un barco fantasma. La emoción llegó a su máximo cuando reconoció al jefe de estación, Pedro, el mismo aspecto desgarbado, alto y flaco aunque ya anciano. Saltó con el tren aún en marcha, y corrió hacia Pedro. Lo miró con una enorme sonrisa — ¡Pedro! Y el viejo con su característica tranquila voz nasal le respondió —¿Qué hacés pibe? ¿Y esas maletas? ¿Te vas de viaje?

Mauricio Chiavarino

Añadir nuevo comentario