Historias de una ninfómana I

La mayor parte de mi tiempo libre en la infancia la pasé junto a mi padre. Era funcionario de prisiones. Atendía la enfermería de la penitenciaría provincial. Su horario era fijo de ocho de la mañana a tres de la tarde. Como yo llegaba del colegio a las cuatro y media, tenía margen de sobra para volver a casa y recogerme en la parada del bus. Mi madre trabajaba en la gendarmería de la ciudad como inspectora en la brigada de investigación de delitos sexuales, ya sabes: prostitución, pederastia, violaciones y esas cosas. No tenía jornada laboral definida, por lo que nunca podía contar con ella entre semana. Era pues papá el que se ocupaba de mí hasta que mamá llegara para la cena, si es que llegaba.

Las largas tardes de invierno, gélidas y lluviosas, los días que no tenía academia de música o clases particulares de inglés, no salíamos a ningún sitio, me dedicaba a realizar los deberes y a jugar con mis muñecas en el cuarto de los juguetes. Papá se pasaba horas en el salón, delante del televisor. Cada uno iba a lo suyo, sin prestar demasiada atención a lo que hiciera el otro. Nunca me preocupó lo que estuviera viendo. Hasta que en una ocasión oí unos ruidos muy extraños procedentes del salón y me acerqué a ver que sucedía. Me quedé patidifusa. En la pantalla, un hombre y una mujer desnudos follaban como posesos sobre una alfombra roja y negra.

Lo recuerdo perfectamente. Claro… yo no tenía ni idea de lo que se cocía. Todavía no había cumplido los diez años y no podía imaginarme semejante espectáculo. El hombre y la mujer se hacían de todo: se besaban en la boca entrelazando sus lenguas, se acariciaban por todo el cuerpo, el hombre le lamía las tetas y le mordisqueaba los pezones a la mujer; esta, como con cara de loca, jadeaba y jugueteaba con los dedos en su cabello.

Con todo, advertí que papá tenía otro miembro grande y tieso como el hombre de la tele cogido con la mano derecha y que la movía de arriba abajo suavemente. Él también jadeaba y tenía cara de loco.

Me asusté y, antes de que pudiera darse cuenta de mi presencia, me fui a mi habitación. Un cuarto de hora después, lo vi en medio del pasillo, con gesto relajado y risueño, en dirección a la cocina. “Es feliz”, pensé, “seguro que ahora se toma una cerveza”. Era su costumbre cuando estaba de buen humor.

Todo aquello me turbó profundamente. No cabía ninguna duda: el hombre y la mujer de la película se divertían de lo lindo, lo mismo que parecía ocurrirle a papá, haciendo todas aquellas cosas insospechadas para una niña de mi edad. No dejaba de reproducir mentalmente las imágenes del filme. Aquella noche me dormí acariciándome el chocho. Me gustó.

 

Nicolás Zimarro