Una noche en Don Giovanni

El país se cae a pedazos, se sigue cayendo a pedazos, mejor dicho. Este amable medio de comunicación que es el correo electrónico, remedo del antiguo género epistolar, ha perdido la batalla (no sé si también la guerra) ante la inmediatez del Whatsapp. Las ideas elaboradas plasmadas por escrito han sido sustituidas por apresurados mensajillos llenos de incorrecciones ortográficas (las semánticas no caben en la brevedad de estos textos). A pesar de todo ello, quería relataros algo que me sucedió hace poco y que ejemplifica lo que le sucede a este país o sociedad, no lo tengo claro, acaso sean la misma cosa.

Un tiempo atrás nos alojamos en Madrid un fin de semana. Por aquello de las obligaciones laborales llegamos a la capital tarde, ya muy oscurecido el cielo, pasadas las nueve de la noche. El hotel, de recepción versallesca con oropeles dorados y butacones azul mar puesta de sol, nos acogió en su seno, maternal y cariñoso, algo que no contribuyó a aplacar los gruñidos de protesta de nuestros estómagos. Como somos personas, o gente, precavidas, habíamos estudiado la existencia de comederos en las proximidades del alojamiento. No reservamos mesa en ninguno porque los azares de los diferentes transportes públicos de gestión privada que nos trasladaban a Madrid hacían del todo incierta nuestra hora de llegada. Al final, sin demasiado debate, optamos por un restaurante italiano muy próximo con el objeto de resolver el trámite de la cena sin demasiados engorros. Error, amigos, enorme error. El sitio, por si deseáis repetir mi experiencia, se denomina Restaurante (¿?) Don Giovanni, y lo podéis hallar en el Paseo de la Reina Cristina, nº 27. Si observáis el mapa, veréis que es un local al que hay que ir, no se pasa por delante y te dices voy a entrar aquí a picar algo. Y en efecto, mucha gente había decidido acudir allí esa noche, y esto es lo que da el nivel de esta sacrosanta sociedad en la que penamos.

Si optáis por desoír mi consejo y os gustan las experiencias excitantes, Don Giovanni os recibirá con una entrada angosta donde es necesario penetrar en fila de a uno. A un lado una minúscula barra reservada a los camareros (esto lo supimos cuando la pareja que nos seguía, y ante la espera que les aguardaba, exclamó, pues nos tomamos una cerveza aquí mismo. Pues no, aquí mismo no. Ni en ningún otro lugar); al otro lado una fila de mesas en una especie altillo separada del desfiladero por una barandilla de madera del Leroy Merlin (la empujé y se movía). Ante el llenazo del lugar supusimos que no sería posible cenar allí, sin embargo el maestro de sala, desde su atril y mirándonos por encima de las gafas nos respondió que en diez minutos tendríamos nuestra mesa preparada. Pasamos esos diez minutos con los brazos pegados al cuerpo y girando como peonzas agitados por los comensales que entraban y salían a fumar. Rogué para que no nos diesen una de las mesas de la entrada, aunque por otro lado, si os falta tema de conversación en este tipo de situaciones, la posición es la idónea porque controlaréis a toda la fauna que por allí se mueve. Gente guapa, en general. Porque Don Giovanni es un restaurante de nivel, nivel alto; es decir, ropas de marca, pelos engominados, ellos, peinados de diseño, ellas. Perfumes discretos y agradables. Don Giovanni no es Tagliatella, no es VIPS, no es una franquicia deleznable. Es un templo de la cocina de autor. O eso se pretende a sí mismo.

Pasados los diez minutos, algo mareados y después de un encontronazo con dos pelanduscas que salían a fumar y a las que interrumpía el paso, nos condujeron a nuestra mesa de una forma un tanto indolente. Digo esto porque nos la señalaron con un gesto desvaído de la mano tal que nos quedamos unos segundos desconcertados. El asunto es que habíamos solicitado una mesa para tres y nos veíamos en la tesitura de elegir entre una para cuatro o para cinco. Solos y desamparados, y visto que detrás de nosotros venían dos parejas que fueron invitadas a sentarse en la de cuatro, decidimos que la de cinco era la nuestra. Lo decidimos con cara de pasmo y preguntándonos como podría haberse sentado un hipotético quinto comensal porque su cubierto se hallaba en tal posición que habría sido imposible ubicarse entre la mesa y la pared, ni aun siendo un niño de cinco años. Dejamos nuestras prendas amontonadas sobre una de las sillas libres (mucha clase, mucha gente guapa de la noche madrileña, pero ni guardarropa, ni siquiera unos humildes percheros) y miramos alrededor algo aturdidos. Nuestra mesa se hallaba en una sala, la principal y única, donde sobraban mesas y decibelios. Es verdad que los propietarios no tienen la culpa de que en este país se hable a voces en todo momento y circunstancia, pero la saturación de mesas en el recinto hacía complicado mantener un mínimo de intimidad en las conversaciones, algo que tampoco es algo que muchos valoren. Es más, algunos son felices haciendo partícipes a los demás de sus interesantes monólogos, que no conversaciones, como pronto relataré.

Una vez en nuestra mesa aguardamos deseosos de que se cumplieran los ritos ancestrales en este tipo de comercios. En primer lugar nos ofrecerían la carta; siendo como era un lugar de postín era también muy posible que mientras elegíamos las viandas nos pudiésemos deleitar con algún aperitivo. Los aperitivos llegaron. Cinco, algo que nos extrañó un poco, pero tampoco le dimos más vueltas. Error. Casi de inmediato nos preguntaron por las bebidas. Pedimos agua y a los pocos minutos, otro camarero distinto nos preguntó de nuevo acerca de qué deseábamos beber. Esto también comenzaba a ser un aviso. Mientras aguardábamos las cartas, vimos que platos y vasos estaban adornados por una efigie delineada del chef, un tipo gordo con la calva cubierta por un pañuelo anudado en el cogote y unas gafas de pasta blanca, diseño catalán, ajustadas en la cresta. El detalle descrito nos lo mostraban en secuencia ininterrumpida unos monitores que colgaban en diferentes puntos del local y en los que el chef, italiano al parecer, aparecía en diferentes poses y actitudes saludando a diferentes seres humanos, algunos famosos según descripción un tanto laxa del concepto. A todo esto, a las parejas de la mesa adyacente ya les habían entregado las cartas, así como a los de la mesa de detrás. Eché el alto a uno bajito con pinta de Chiquito de la Calzada y le solicité el menú. El tipo salió corriendo, sin decir ni palabra. Y allí seguimos esperando un buen rato mientras tomábamos nota de que a los de al lado ya les habían tomado nota. Aquí fue donde ya nos percatamos de que Sánchez, así le llamaba uno de los machos convecinos, estaba completamente borracho y monopolizaba la conversación de los cuatro, elevando el tono de voz más de lo necesario. El tío sabía de todo. Era el clásico triunfador treintañero, traje descorbatado a aquellas horas, camisa blanca ceñida marcando las facturas del gimnasio, probable consumidor habitual de cocaína. Ellas, monas y más discretas. El amigo, simplemente avergonzado.

Cuando ya nos aburrimos de la cháchara del nuestro vecino beodo, comprobé que a mi pareja el hastío se le mutaba en enfado. Tiene menos paciencia que yo, pero es cierto que aquello ya no era ni medio normal. Eché el alto a una moza bien plantada y le demandé el menú, no puedo negarlo, con un cierto tono de irritación, aunque no sé si llegaría a captarlo ante los berridos del tal Sánchez. Ah, ¿es que no son cinco? Es que pensábamos que aguardaban a los otros dos, nos dice. Supongo que pusimos cara de bobos, incluso el tercer comensal, una niña de cinco años, porque luego nos preguntó que por qué la señora había dicho que éramos cinco. Sin disculparse, seguramente era responsabilidad nuestra por no saber contar, nos trajo dos cartas. Elegimos un carpaccio y una pizza, y la tipa nos espetó casi como una recriminación que si sólo íbamos a tomar eso. El “eso” con retintín, ya sabéis. Sí, sólo eso, respondimos. Y a lo mejor os viene grande, pensamos pero no dijimos.

La comanda llegó con rapidez, he de reconocerlo. La calidad era correcta, sin más. La cena transcurrió entre las disertaciones del nuestro amigo Sánchez, las miradas obnubiladas de la pareja del amigo de Sánchez, y el gesto benévolo de la suya propia, con toda seguridad acostumbrada a sus exabruptos de macho alfa. De vez en cuando a algún camarero se le caía un vaso al suelo. En algún momento el chef abandonó su refugio entre los fogones y se dio un garbeo por su territorio de caza, despachando con algunos comensales orgullosos de haber sido elevados de categoría a causa de la atención del gran cocinero. Por supuesto a nosotros nos ignoró, no sin antes golpearme el hombro con una de sus lorzas. De vez en cuando había de mover mi silla para que pasaran con el carrito de las bebidas. Con el gordo no hizo falta, me apartó el directamente.

Con los postres y cafés tuvimos más suerte, aunque bien es verdad que los demandamos antes de que el camarero de turno se retirara con el servicio, por si acaso. Tarta de chocolate y mousse de queso con miel de trufa. Aceptable, aunque la trufa en el postre era un tanto excesiva, pero es que para ese entonces ya le sacaba incovenientes a todo. Y es que Sánchez se había pimplado él solito una botella de vino, además de lo que ya llevaba puesto, y andaba pontificando sobre la familia. Su pareja, por cierto embarazada, decía que para 2019 quería tener tres hijos, imagino que todos apellidados Sánchez, lo cual, sin duda alguna, contribuirá a la decadencia de este país. La otra la miraba horrorizada y con ganas de salir de allí huyendo.

Bien, ya habíamos cenado. ¿Qué se suele hacer en este punto? Pedir la cuenta. Crucé mi mirada con la camarera displicente y así hice. Claro que sí, me contestó. Pues claro que no, porque de nuevo los Sanchez y compañía obtuvieron la suya y consiguieron pagar antes que nosotros. De hecho el local empezaba a vaciarse y nada de nada. Ni nos miraban. Lo intenté de nuevo con Chiquito y me hizo la misma de antes. Paciencia tuvimos porque si no aguantamos quince minutos que baje el gran dios de los clientes maltratados y lo declare. En ese punto decidimos irnos y si querían que nos echaran el alto. No hubo suerte porque al pequeñajo se le encendió la bombilla cuando vio que nos poníamos los abrigos y vino a la carrera con la nota. Perdón, es que estamos… ¿Estamos qué? ¿Dando vueltas? No era cuestión de liarla, así que saqué la tarjeta, él trajo el datafono y me explicó que marcara solo la clave, pero que no le diera al botón verde, que allí no había cobertura, que tenía que salir con el cacharro y hacerlo él mismo. Creo que aún no he conseguido quitarme la cara de bobo, me lo dicen mucho estos días. Total, 53 euros. Carísimo para la calidad y cantidad de la cena. Eso sí, por el servicio nos cobraron 3 euros por persona, incluida la niña. Por el servicio malo, digo yo.

Mientras salíamos de aquel infierno nos enredamos y tropezamos de nuevo con las dos pelanduscas. Esta vez iban a acompañadas de tres sesentones: un tipo gay, un argentino muy alto de voz cazallosa y tan elevada como su estatura, por supuesto convencido de que a todos nos interesaban sus comentarios (como Sánchez) y Juan Luis Cebrián, el consejero Delegado de PRISA (o ex, no lo sé). Esto fue una sorpresa porque jamás hubiera esperado encontrarle en semejante tugurio. No sé si volveré a comprar El País. Una de las pelanduscas vestía de rojo pasión, o chillón, no sé; la otra una especie de abrigo que simulaba la piel de algún felino extinto, símbolo de la fiereza con la que a buen seguro deleitaría un rato más tarde a su acompañante, o a todos por turnos, a saber. Esta gente se deja la educación en casa cuando salen, o quizá sea que no disponen de ella, acaso piensen que sólo está destinada a individuos de su selecta clase. El asunto es que abrí la puerta del local en medio de las contorsiones obligatorias dada la estrechez de la recepción. Salí al exterior con un suspiro de alivio y sostuve la puerta para que pasara mi pareja con la niña. Por el rabillo del ojo vi una forma que atravesaba el umbral así que aparté la mano y la puerta comenzó a cerrarse. Fue en ese momento cuando oí algo así como, joder, a poco se come la puerta la niña. Y es que la pelandusca de rojo, con una contorsión digna de su oficio, se había colado detrás de mí en un alarde de grosería no inesperado, por otra parte. Esa fue la forma que me pareció que salía del local. Por supuesto la pelandusca no se molestó en sostener la puerta, así que, en efecto, a poco le arrea a la niña en todos los hocicos. Un broche perfecto para una cena perfecta. Por supuesto ni se dio por aludida. ¿De dónde sale esa gente?

Amigos, la moraleja está clara, no me voy a extender demasiado en exponerla porque ya sabéis que lo importante es contar, no explicar. Permitidme afirmar, no obstante, que este es un país de papanatas descerebrados sin remedio.

Amén.

 

Roberto Sánchez