La ventana dorada

Me he asomado hace unos momentos por la ventana de la habitación y ya ni se ven las ramas del abedul que hay frente al refugio. Parece como si alguien hubiese tirado una enorme sábana blanca sobre el mundo y éste hubiera desaparecido para quedar solo el ulular de la tormenta que lo ha enterrado. Supongo que esta desazón que se me clava en la yema de los dedos viene de mi obstinada curiosidad y de este clima que me impide satisfacerla. No sé si es un pecado, pero en caso de serlo, me declaro como el ser más débil, aquél que ante una ventana siempre sucumbirá a la tentación de correr los visillos y observar lo que sucede más allá; me proclamo el más persistente pecador, me confieso indiferente a cualquier necesidad de penitencia. Siempre me ha gustado mirar por las ventanas; esta licencia me ha deparado muchos momentos agradables y algún que otro disgusto, sobre todo con mi mujer. Cada vez que me sorprende curioseando me regaña como si fuese un niño, aunque yo sé que lo que le sucede es que está celosa.

Esto de mirar a través de las ventanas ha llegado incluso a cambiar el curso de la Historia. Este tiempo espantoso me recuerda al que debió de sufrir el Emperador Enrique IV, allá por el siglo XI, suplicando su absolución como penitente arrepentido al Papa Gregorio VII ante las ventanas de sus aposentos en el castillo de Canossa. Tres días permaneció allí. Cada vez que el pontífice se asomaba al exterior veía al otro arrodillado, aterido de frío y con los brazos en cruz. Un ecce homo. Si Su Santidad hubiese sido un poco menos curioso, su corazón no se habría ablandado ante aquella imagen, no habría acogido a Enrique en el seno de la Iglesia de nuevo y, ¿quién sabe?, el devenir de la Cristiandad acaso hubiera sido distinto. Pero esto son solo divagaciones; es lo que tiene ser catedrático de Historia Medieval, siempre quiero buscar en el pasado puntos de apoyo para lo que sucede hoy. Imagino que me he ido tan lejos porque la historia que quiero contar también comenzó un lejano invierno, tanto que ya han pasado treinta y siete años desde entonces. Nació del abrazo entre la nieve y la curiosidad. Y de un par de ventanas.

Aquel día nevaba igual que hoy y, como hoy, también me había asomado por entre las cortinas. No llevábamos mucho tiempo en Olías, un par de meses, acaso algo más, no lo recuerdo ya con exactitud. Era el primer invierno que pasábamos allí porque a mi padre lo habían trasladado al colegio local desde Valencia. Vivíamos en la casa de los maestros, como la llamaban en el pueblo. Era una vivienda de dos plantas; mi habitación estaba en la de arriba y daba a la calle, la de mis padres se abría hacia un patio interior donde había un naranjo; seguramente algún profesor lo había plantado hacía mucho tiempo, supongo que a mis padres les recordaba a nuestro Levante natal y por eso la prefirieron.

Dos años antes de llegar a Olías sufrí un accidente grave, me fracturé una pierna por varios sitios y hube de estar escayolado y en cama muchos meses. Creo que fue entonces cuando me aficioné a retirar los visillos y a vivir por delegación a través de lo que ocurría al otro lado de los cristales. También le cogí el gusto a la Historia, mi padre me había regalado la de Heródoto y acabé por convertirla en mi afición y destino. Así que cuando nos trasladamos a Olías yo era un joven introvertido, por no decir un auténtico misántropo; no sentía la necesidad de relacionarme con nadie, me bastaba con observar lo que sucedía más allá de mi ventana en un espacio que yo no podía ocupar y en un tiempo pasado que no viví, un tiempo tanto más atractivo cuanto más remoto era. Aquel primer invierno, ya después de unos meses en el instituto, aún no tenía ni un solo amigo. Tampoco los echaba en falta.

Unos días antes de las vacaciones de Navidad comenzó a nevar de tal manera que se suspendieron las clases; aquello me sumió en la felicidad más absoluta, no tanto por la belleza de la nieve como por el aislamiento al que ella me obligaría. Extendí mi horario de fisgoneo a las mañanas, hasta ese día ocupadas en las tareas escolares. Desayunaba, me aseaba y poco después ya estaba apoyado en el alféizar de la ventana de mi dormitorio con un libro sobre las rodillas y mi atención dividida entre los copos de nieve que se arremolinaban sobre los tejados y la lectura de Historia de las Cruzadas de Runciman. Fue el día 22 de diciembre, acunado por el sonsonete de la lotería que llegaba desde la planta de abajo, cuando me fijé por primera vez en una de las ventanas de la casona que ocupaba la esquina de la calle. Desde mi posición podía verla al sesgo, quizá por eso me había pasado inadvertida hasta entonces. Sin embargo esa mañana las cortinas, de común echadas, estaban abiertas. Una silueta femenina apareció en el vano, una forma difuminada que parecía flotar en la oscuridad del cuarto, oculta a medias por el reflejo plateado de los cristales. Erguí el cuello y me concentré en esa danza quebrada de sombras tratando de adivinar los rasgos de la mujer. Nuestras miradas se sorprendieron la una a la otra y ambos reaccionamos de la misma manera, dimos un paso atrás y nos retiramos hacia el crepúsculo de nuestras habitaciones con el corazón acelerado como si hubiésemos cometido algún acto ilícito. Ella sería de mi edad; probablemente íbamos juntos al instituto pero no la había visto antes, si no, no la habría olvidado. La visión había sido fugaz, a pesar de ello sus facciones se me grabaron muy profundas en la mente.

Supongo que no es necesario que diga que creo en los flechazos. De pie en el centro de la habitación, aún con el libro en las manos y sin dejar de mirar hacia la otra ventana, supe que estaba enamorado. El rubor en mis mejillas, el ardor en el pecho, el hormigueo en el estómago, todo era según lo describían Stendhal, Balzac o cualquier otro de los grandes.

Aquel día ya no me moví de la habitación, pendiente en todo momento del otro lado de la calle. Disimulado en la penumbra, me acurruqué en el lateral de la cama desde donde podía observar sin ser visto, y comencé a acariciar la idea de ese amor sobrevenido hasta convencerme de que ella sentía lo mismo que yo. Las cortinas de su ventana permanecían sin echar, así podía ver de vez en cuando una sombra que atravesaba fugaz el marco de aquella representación ficticia que yo acababa de construir. Nada hay que haga arder el amor con más pasión que la duda acerca de ese mismo sentimiento en la otra persona. ¿Por qué no corría las cortinas? ¿Acaso para poder verme? ¿Para que yo la viera? ¿Pasaba cerca de los cristales para anunciarme que ella seguía allí también? ¿O todo era fruto, fruto ansiado, de mi imaginación de adolescente?

Ese atardecer, cuando el resplandor de las luminarias navideñas tiñó la calle cubierta de nieve, me pareció que el sol resplandecía con toda la intensidad de las tardes de mi infancia en el Mediterráneo. Me atreví a dar un paso hacia adelante, más cerca de la ventana, un metro más cerca de ella. El corazón empezó a golpearme el pecho cuando la joven se asomó; es verdad que no miró hacia mí, pero eso daba igual. Me bastó con disfrutar de su perfil, del brillo de su cabello, largo y rubio, cayéndole sobre la espalda. Era como un cuadro, una belleza que surgía hacia la blanca noche, la obra de la primera cellisca del invierno envuelta por el brillo dorado de las luces de su habitación. Abrí los postigos para que entrara el aire frío de la tarde y con él, parte de aquella luz. Quería que me viese, deseaba que supiera que yo también estaba allí. Esperaba que los latidos de mi corazón nadaran sobre las aguas del extraño mar de silencio que siempre acompaña a la nieve. Y así nos miramos de nuevo, pero esta vez ninguno se refugió en las veladuras de su cuarto.

Mantuvimos este juego unas cuantas jornadas. Al principio rondábamos en torno a nuestros lechos aún con las ventanas tapadas; después nos acercábamos a ellas y las abríamos; unas veces, ella primero, otras, yo. En ocasiones coincidíamos al hacerlo, entonces éramos incapaces de vencer nuestra vergüenza y mirarnos ya directamente. Regresábamos luego a la oscuridad y desde ahí buscábamos el brillo de nuestros ojos hasta que terminaban por engarzarse y arrastrarnos hacia el alféizar. La víspera de Nochevieja la rutina se quebró de una manera singular. Así fue como me hizo saber que no le era indiferente. Ese día comenzó a pintar un lienzo. Dispuso el caballete de tal forma que yo apenas podía atisbar la evolución de la obra; a pesar de ello, mientras deslizaba los pinceles por la tela, yo disfrutaba de la visión de su espalda, del balanceo de sus hombros cuando se inclinaba para ajustar la mezcla de pinturas en su paleta, de su perfil con una sonrisa traviesa delineada en la comisura de los labios cuando miraba de reojo en mi dirección, como si deseara asegurarse de que yo seguía pendiente de sus trazos. Solo en contadas ocasiones alcanzaba a vislumbrar el motivo del cuadro, un tono negro, un deslumbre blanco, una mancha ocre, una amalgama de colores que siempre se fundían ajenos al baile de nuestros ojos en el aire denso de la noche.

La mañana del día de Reyes mi madre me despertó muy temprano y con una sonrisa pícara en los labios. «Vaya, vaya, qué callado te lo tenías», me dijo. «Una jovencita que te ha traído un regalo. Te lo he dejado en la entrada». El sonrojo me subió desde la base del cuello hasta la frente; evité la mirada entre tierna y burlona con que acarició mi piel cárdena saliendo a toda prisa de la habitación. Apoyado en la pared vi lo que no podía ser sino el lienzo que había estado pintando. Abrí la puerta de la calle con la esperanza de que ella estuviera aún allí, sin embargo apenas pude entrever su forma desdibujada por los copos caminando hacia su casona calle abajo. Subí a mi habitación, abrí la ventana y aguardé a que ella se asomara a la suya. Solo entonces rasgué el envoltorio y contemplé el cuadro: una perspectiva de nuestra calle, cubierta de nieve y vista desde mi ventana. Yo aparecía en primer término, de espaldas, mirando una blancura que se diluía en el halo de su ventana y en una silueta recortada a contraluz que solo podía ser la joven. Entonces levanté la mirada, y la imagen del lienzo y la realidad fueron una. Es lo único que me ha quedado de ella, la insinuación desvaída de una sombra entrevelada, el susurro de su ausencia amortiguado por la nieve, el esbozo de un futuro que no fue.

Poco tiempo después su familia se fue de Olías; no la volví a ver más, pero creo que aquel cuadro fue la declaración de amor más hermosa que jamás le hayan hecho a alguien. Hace años que soy muy feliz con mi esposa y que lo compartimos todo, también este recuerdo. A menudo me reprocha que sea incapaz de resistir el impulso de mirar por las ventanas, esa intrusa curiosidad tan impropia de un catedrático. Aunque no lo quiera aceptar, sé que son celos y la comprendo, porque aún me veo como aquel Papa medieval cuando se asomaba al balcón de su palacio cada anochecer para contemplar el arrepentimiento del monarca penitente; un Papa arropado con todo el poder de la Cristiandad, pero siempre tenso y nervioso porque tal vez el emperador ya hubiera partido con su mesnada, harto de la indiferencia del otro. Tuvo más suerte que yo porque Enrique continuó allí; en cambio ella no lo hizo, y yo he pasado mi vida cayendo en la tentación de apostarme en cada ventana, esperando volver a verla y que sus ojos se prendieran de nuevo en los míos, porque ese amor jamás me ha abandonado. Sé que ella siempre estará al final de la calle, tras los visillos, en la ventana dorada.

 

Roberto Sánchez