La flor de oro

Pero si el hombre erróneo usa el medio correcto, el medio correcto actúa erróneamente.

Proverbio chino

 

Tarde de luz y librerías. Entre la muchedumbre se hace más anónima mi perplejidad. En tránsito pero sin rumbo fijo, ayer como hoy como mañana. La avidez nunca me abandona. Es una sed imposible de saciar, en un alma en constante efervescencia. Nado contracorriente en la vía más ancha de Bilbao en busca de algo. Los rostros me confunden y parecen estar a años luz de lo que pido a la vida. Cien veces pienso, si lograra ensartar la verdad absoluta y descansar. Pero no puedo todavía pues mi alma pende de un hilo. Nadie parece apreciar ese hilo que me une a la vida.

Personas que van y vienen en un día relativamente feliz. La tarde, el sol y un ventarrón que recorre la urbe. Apenas hay nubes. Los árboles se mecen y prestan su sonido a la tarde mientras el tráfico rodado aburre con su repetitivo son de cláxones y toses de motores. Repentinamente, un estruendo a mi espalda. Helado dejo de caminar. Un poco después, en un lapso eterno, carreras y gritos. Un coche de bomberos irrumpe como un meteorito. Me vuelvo y no puedo creerlo: el dios Mercurio se ha desplomado desde lo alto de su pedestal financiero yendo a parar a la acera. Después las ambulancias. La formación en seguridad que me dan en la empresa ha hecho mella en mí. Doy unos pasos por si fuera posible ayudar, con verdadero terror en las entrañas. Hay varias personas tendidas alrededor de la mole metálica de Mercurio. La peor parada, una mujer de oscuro, escueta y de cabellera corta y morena. Sus pies descubiertos son pequeños y blanquísimos lo que delata su sexo. Ha sido ensartada por el dedo de Mercurio. Ya no está aquí salvo por el detalle de ese traje que se abandona para siempre. El dedo del dios de la antigüedad ha traspasado su espalda. Miro aterrado la imagen de la muerte recién aparecida ante mí. Mis piernas tiemblan. Veo otras personas que son atendidas por transeúntes. No puedo apartar mi mirada de la mujer que ha quedado boca abajo petrificada para siempre. Varado en ensoñaciones miro su cuerpo inerte. Un escalofrío me recorre el alma. Al lado de mí un hombre aproximadamente de mi estatura. Giro mi cabeza a la derecha y lo veo con sus gafitas y su rostro inconfundiblemente oriental; veo su paz pese al suceso terrible. Me toma de un brazo.

─ La señora Linong, una persona sencilla – me habla con un sosiego impensable para el momento.

─ ¿La conoce? – le pregunto sin cavilar dos veces.

─ Ella ya está salvada. Esté tranquilo – contesta mi acompañante mientras le hace, agachado, un movimiento en cruz, a modo de bendición, con la mano derecha sobre la cabeza de la difunta. Disculpe mi atrevimiento, mi nombre es Juan Mari Zhang, antiguo misionero en China.

─ Es la primera vez que hablo con una persona de su país aquí en Bilbao – digo sin saber por qué. Pobre mujer y triste casualidad...

─ Caminemos, aquí no podemos hacer más – dice mi amigo oriental ante la presencia de los policías y el personal médico. A ver si se le pasa el tembleque.

Le dije mi nombre sin concederle demasiada importancia como si fuera un dato innecesario que no cambiaba nada. Después nos alejamos del lugar para acercarnos a unos jardines que actuaron en mí como un Sangri-La improvisado. La sombra de los altos árboles, el sonido de la fuente. Permanecimos sentados unos minutos para recuperar el aliento. Tras el interregno, dejamos el pequeño parque atrás y bajamos hacia la parte vieja de la ciudad en silencio.

─ ¿Está mejor? – dice el nuevo amigo Zhang con una paz infinita que me traspasaba.

─ Vamos tirando – le contesto blandamente sin apenas energía.

─ Mire hacia el cielo y aprecie los dibujos de los tejados y sobre todo el azul. Concéntrese en las formas siempre. Cambie de perspectiva por unos momentos. Verá que todo parece otra cosa – me sugería el inefable Juan Mari Zhang. Conocía a la señora Linong desde hace mucho tiempo. Regentaba un restaurante oriental en Deusto. Llevaba muchos años viviendo en este país. Sus hijos y su marido la llorarán durante mucho tiempo.

Caminamos durante una larga hora por las calles viejas. Tenían otros sonidos y otra apariencia. Los tejados tenían el azul de la tarde como fondo. Las palabras que me decía el padre Zhang no las entendía con mi cabeza sino con mi alma. Era algo difícil de explicar. Nos despedimos cordialmente frente al Ayuntamiento pensando que no volvería a verlo jamás, tal como si se hubiera tratado de una aparición en un trance irrepetible. Al estrechar sus manos, porque rodeó la mía con las suyas, quedé en calma. Debía ser algo así como un sabio oriental porque llegué a casa, saludé a mi mujer y a mis hijas, y me acosté. Dormí toda la noche sin sobresaltos. No soñé o quizá sí, pero no recuerdo más que unas imágenes caleidoscópicas de colores tranquilizantes. Serían los mándalas que mi amigo oriental había mencionado.

Llegué tarde al trabajo pero de buen humor. Ningún resto extraño había quedado en mi mente del suceso. Trabajé hasta tarde atendiendo las siempre osmóticas peticiones de los clientes y remanecí en casa realmente cansado. Había pasado una semana desde el encuentro.

Aquella tarde, de nuevo, me acerqué al centro. Con objeto de realizar una gestión bancaria, crucé por el mismo centro la Plaza Elíptica. Al lado de la fuente estaba mi amigo oriental, el padre Zhang. Su mirada era una ventana abierta a un estanque de paz lleno de flores de loto. Sentía que su intento se basaba en transmitirme un camino nuevo, una sabiduría necesaria para la vida. No lo pensaba, porque estaba justo debajo de mi entendimiento, pero era tocante a la fe, a algún tipo de fe. Y no era para nada algo lucrativo o proselitista. Esa era mi impresión en lo profundo.

─ Buen día, estimado amigo. ¿Algún recuerdo oscuro del pasado? – deleitó a mis oídos el padre Zhang con sus palabras dichas con acento oriental en el preciso tono.

─ Hola. Perfectamente bien, o todo lo perfectamente que se puede estar en un mundo como el nuestro – contesté mientras me sentaba a su lado en la fuente.

─ Me alegro de que haya encontrado un camino, veo en sus ojos cierta clarividencia engrandecida – apostilló el padre Zhang que no daba puntada sin hilo.

─ Pero siempre habría creído que la fe era un puro psicologismo y nada más – tuve que remover sus principios para conocer los míos.

─ Comprender metafísicamente es imposible, sólo puede hacerse psicológicamente – sentenció Juan Mari Zhang en el mismo tono sin perder en ningún momento la calma. Si sé que en un dios es una poderosa actividad en mi alma, debo entonces ocuparme de él. La razón es que puede llegar a hacerse hasta desagradablemente importante, incluso en la práctica, cosa que suena trivial como todo lo que aparece en la esfera de la realidad.

─ Entonces, creer depende de nosotros y no hay ayuda posible del exterior – seguí inquiriendo para llegar al fondo.

─ Es una mezcla de hacer y dejarse hacer sabiendo que el bien de creer es enorme para nuestra pobre alma. La injuriosa palabra psicologismo toca sólo a los tontos que opinan que tienen su alma en el bolsillo. Que su razón lo puede todo y les salvará de todo a lo largo de su vida – terminó el exordio filosófico con una sonrisa de sabiduría y añadió después. ¿Conoce al poeta León Felipe?

─ Si lo he leído: no niego que me satisface enormemente...

─ Bueno, pues lo que le quiero transmitir lo describió en unos versos, poco apreciados, que hablan del camino a seguir. Y dice algo así como:

Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.

El murmullo de la fuente pasó al centro de mi alma y el agua cristalina se embalsó en mi corazón. El alma era una morada llena de paz. Seguíamos sentados pero una mirada en cualquier dirección nos mostraba la eternidad. Esa fue mi impresión, tal vez imperfecta pero beatifica. Un sabio oriental hablándome de Dios en plena Gran Vía. No supe ni sabía pero me dejaba hacer.

Tuvimos algún encuentro fortuito más. No me paré a pensar en ningún momento en el mecanismo secreto de nuestras citas. Él estaba allí y yo me sentaba y le escuchaba. Mi alma estaba en paz.

Salvo en el último encuentro. Me citó, entonces, el último domingo de agosto en la Plaza del Sagrado Corazón. Estaba de vacaciones y no pude oponerme. Dejé a la familia pegada al televisor, y me acerqué al lugar de la cita.

Allí estaba de pie recostado sobre el amarillo chillón de un buzón con su sonrisa y su delicado estar oriental. Sobre él muy arriba la estatua dorada del Cristo. Lo saludé y él me contestó con una reverencia. Entonces nos pusimos a caminar hacia el gran barco varado recuerdo del pasado naviero de la Villa. Lo bordeamos y enfilamos el puente metálico sobre el brazo fluvial que unía nuestra ciudad con el mar. Sin razón alguna le hice saber que una tía mía muy mayor había oído decir al párroco de San Antón, el famoso don Claudio Gallastegi, que el mundo sería de la raza amarilla. Y no se había equivocado en su vaticinio, añadí. Los periódicos venían cada cierto tiempo comentando este extremo cada vez más cercano a su cumplimiento. El padre Zhang se sonrió y por sus palabras pude atisbar lo que insinuaba: todo que aquello no era importante sino solamente un principio económico y por lo tanto material que en nada atañía a nuestro camino.

Le señalé el Tigre que nos vigilaba desde el otro margen de la ría, aquel tigre que presidió mi infancia. Él lo calificó como un bello símbolo que despertaba interés en todo el que pasara por aquellos andurriales. La ladera la recorrimos con alas en los pies mientras seguía contándome extremos ocultos de su sabiduría. En ningún momento, vaciló o pareció cansado a pesar de su edad madura.

Por fin arribamos a la Plaza de San Pedro, territorio conocido para mí y actualmente lugar invadido por el ruido del tráfico rodado. No sabía cuál era el destino de nuestro caminar pero, al sentirme como en casa, apenas importó dónde pudiésemos acabar. Nos acercamos a la mole cristiana de San Pedro con aspecto de fortaleza fronteriza en tiempos de cruzados medievales. La rodeamos y Juan Mari me indicó con la mirada una puerta, que estaba entornada, con una simple flor blanca de muchos pétalos. Enmarcada en un círculo dorado, tenía en su base hojas verdes oscurecidas y tallos amarillentos que serpenteaban. Llamó mi atención el estigma central que parecía destellar con un brillo o luz especial.

Bajamos, según el padre Zhang me aseguró, una altura de seis metros para acceder a una cripta circular que había debajo del templo. Lo primero que me sedujo fue el olor a incienso de aquella capilla cristiana en penumbra. Estaba toda ella decorada con murales de imágenes de santos. Un joven con gafas doradas y concentración suprema tañía un órgano electrónico que daba ritmo a las alabanzas de los feligreses.

─ Algunos lo llaman liturgia, otros folclore religioso; pues bien aquí se reúne semanalmente la colonia cristiana china de la ciudad – me informó en susurros el padre Zhang.

─ Estoy impresionado de ver esto en pleno territorio de mi infancia – le expresé sotto voce.

En el momento en que nos sentábamos en la penumbra de la última fila, el sacerdote oriental se disponía a consagrar el cuerpo de Cristo custodiado por dos niñas risueñas de túnica blanca. Bajo el reposamanos del banco había un misal con ideogramas chinos que pude hojear: para mí sorpresa, las únicas palabras reconocibles eran amén y aleluya. Estaba en una misa cristiana metabolizada por una civilización milenaria lejana y desconocida para nosotros. Me sentía reconfortado por primera vez en mucho tiempo.

Al acabar la celebración, nos quedamos sentados en la penumbra sólo alumbrada por cuatro cirios del altar y apreciando el olor del incienso largamente olvidado. Subimos las escaleras hasta la salida de la cripta cuando ya no quedaba nadie dentro. El padre Zhang cerró la puerta con llave y besó la flor blanca símbolo del camino. Nos íbamos a despedir cuando me dijo:

─ Recuerde amigo: siga su propio camino pero sin olvidar que la única obligación del creyente es creer. No se le pide más.

 

Dedicado al Profesor

 

El maestresala