La muerte de Mesala

Hacía calor. Las moscas se morían por inanición o por exterminio. Y las que quedaban se consumían debido al ardor irisado de su abdomen. Hacía calor aquella tarde. Sólo existía una posible salvación en las calles de fuego: un rincón en un bar con sus bebidas frías y su aire acondicionado, malo para el gaznate pero perfecto para la tertulia.

Como pares sueltos, se reunían cada semana en un pequeño reducto de la calle Ledesma para hablar de la vida, sus delicias y sus mezquindades, y acaso también de libros y autores. Eran tres. En exiguo recuerdo de tiempos en los que llegaron casi a la decena. Como en un invierno postnuclear, vivían replegados de la intemperie en trabajos y hogares, libros y encuentros discretos. Sólo respiraban literatura que era lo único aprovechable que quedaba en el mundo; era la única reserva espiritual posible en una sociedad masificada y sin norte. Vivir cada noche decenas de vidas aparte de la gris propia. Al otro día, reunirse con los pares sueltos de otras tantas zapaterías, y coincidir o discrepar pero siempre ganar.

En la esquinera de la calle peatonal, habían cerrado una taberna taurina y la habían reconvertido en bar popular. El anciano que la regentaba se había ido a su casa tras una vida de lucha contra los elementos. Allí, alguna vez se habían reunido don Miguel, don Julián y don Elías por cuestiones de urgencia. Porque el sitio no era el adecuado ni en mobiliario ni en acústica. Los bocadillitos atraían a las masas hambrientas y la mesa en aquel pequeño recodo bajo el retrato de Manolete, no protegía sus palabras y sus gestos de forma conveniente. Estaban más a la intemperie que nunca y además eran observados de tiempo en tiempo como aves raras que han sido confinadas en una gran jaula descuidada en una esquina del establecimiento. En silencio. La vida transcurría como en un ambiente de perplejidad que nunca acaba. Pues bien, el bar taurino pronto dejó de ser el escenario en favor de otro de la misma manzana, Ledesma arriba, que tenía tres o cuatro ridículas mesas a la sombra del pasillo aéreo y las escaleras que propiciaban la llegada al mingitorio. El nombre de este reducto no es importante pero, en verdad que tenía resonancias extrañas y acendradamente literarias: Perífrasis.

Aquella tarde de relumbrón había encuentro. Como casi siempre, don Miguel fumaba el picado en la entrada del bar y hacía comentarios didácticos al primero que osara llegar a la cita. Lucía éste una parca de estilo militar a juego con su barba aterciopelada lista para el contacto del barboquejo. Hizo dos o tres liados mientras entraba en ambiente retórico como haciendo fuelle para luego disertar sobre asuntos más serios. Don Elías se acercó con sus cartapacios bajo el brazo y pudo disfrutar de la primera clase de don Miguel de Mairena. Sus palabras salían de toriles con fuerza, con necesidad y, sobre todo, con sabiduría:

─ ¿No lo cree usted así, don Elías? Observo por amistades interpuestas que las adolescentes hoy día sólo se preocupan de tres cosas en su vida por este orden: el tatuaje, el tanga y el tontófono. No son personas si les falta alguna de las tres. No lo entiendo francamente.

─ Sí, concuerdo – replicada don Elías casi sin pensar –, la existencia se ha reducido a meras cosas materiales. La identidad se ha corrompido. Lo sé porque todavía queda en mi yeguada una adolescente que está siendo pasto de los tiempos. Ya se le ha perdido una vez el tontófono y hemos un tenido un drama en aras de la comunicación social (nótese que nada que ver con el término acuñado antaño por el propio don Miguel de fonostrón, que era adelantado a su tiempo y con propiedades casi mágicas).

─ No somos nada y hoy menos que nunca – don Elías sentenció mesándose la barba y como queriendo rubricar una conclusión a todas las fechorías de la vida.

Tras el prólogo, entraron en el establecimiento, que detentaba una barra corta pero efectista a mano derecha. A la izquierda varias mesitas atrayentes que habían sido ocupadas a excepción de una, la que haría de jaula para las raras aves. Se acomodaron francamente bien y pidieron unas parejas de cafés y licores refrescantes con hielos y burbujas. En el momento de la petición hizo su entrada don Julián con su barbita arreglada y su sonrisa chispeante que siempre demoraba un tanto la apreciación de su pronunciado nasón. Bajo el brazo una o dos biblias literarias, principalmente poesía que era su devoción. Entre las hojas del libro sagrado iban sueltos los folios con sus anotaciones pertinentes, siempre alumbradoras y abrumadoras.

Habló entonces don Elías indignado mientras añadía azúcar a su tacita de café:

─ Tengo un amigo ballenólogo... sí, desde la crisis del dos mil ocho, llamo así a todos los economistas. Están horas y horas sumergidos en bancos de peces que son números y no son capaces de ver la propia ballena cuando se acerca. Cuando tímidamente se dignan a hablar, la ballena ya ha llegado a la playa y ha quedado varada. Entonces sí, bajan todos los ballenólogos y se ponen a escribir libros sobre lo que ha sucedido y debieron prever, pero ya es tarde. Como ven ustedes se ha podido comprobar en esta nueva crisis... hemos perdido la cuenta del ordinal que le corresponde.

─ Totalmente de acuerdo – apostilló don Julián – millones y millones de personas ya han bajado unos pocos escalones para hundirse en la miseria de la que no podrán salir fácilmente. Primeramente porque hay cada vez menos posibilidades de salir y, más importante aún, porque a gobernantes y poderosos les trae al pairo. No hay más, los gobernados pueden considerarse vitalmente defenestrados y desheredados.

─ La macdonalización nos va salir cara – terció don Miguel con cara de pocos amigos. No sabemos bien cuál es el siguiente petardazo y, está bien claro, que ésto no va a ser un trabajo más para Casimiro que ya está talludito. Sus poderes sobrenaturales no dan para tanto. Demasiado arroz para un pollo que decía el tío Jonás. Ya no son fenómenos extraños sino la avidez humana de muchísimos hombres, o sea, la mayor avidez posible que nunca haya existido. Y, además, los dioses ya se han olvidado de sus criaturas... De ésta no nos salva ni el sindicato vertical, ni los tecnólogos del régimen, ni tan siquiera el rosario de la aurora. Estamos totalmente enfangados y sin katiuscas...

─ Todo esto sumado a la soledad primigenia del hombre – don Elías se puso trágico como el otro don Miguel – hace la vida invivible. El otro día leí una noticia sobre una soledad oceánica: el caso es que un matrimonio de ancianos en Roma, debido a su nulo contacto con otras personas y a los sucesivos y crueles telediarios que veían, habían comenzado a gemir desconsolada e inconteniblemente en medio de la noche. Los polizontes se acercaron al domicilio para saber lo que ocurría y ayudaron a la llorosa pareja de una forma insólita: les prepararon unos buenos spaguetti a la matriciana de forma que los pobres tomaron fuerzas y se sintieron acompañados un tiempo. No decía nada sobre si los polizontes les habían recomendado encender la caja tonta con precaución, sólo en caso de aburrimiento insalvable.

─ La verdad es que el desayuno y la comida – atacó don Julián – pueden ser verdaderamente desagradables si se hacen delante del televisor contemplando el panorama dantesco del mundo. Las muertes en masa de los desheredados. Pueden morir a miles porque son anónimos y además pobres de solemnidad. En el caso de un prominente personaje público, ya se encargan ellos de llenar unas cuantas horas de emisión con los detalles y las hagiografías obligadas. Una explosión de los idiotas del terror o un terremoto que extermine a miles de personas, no parece que tenga trascendencia salvo la inmediata de mostrar el dolor y la sangre en imágenes – el dolor es noticia siempre – o cacarear las cifras de víctimas que van subiendo gradualmente con el paso de las horas...

Repentinamente todos quedaron en silencio. Había entrado en el bar don Rodrigo, con su pelusa testuz recién arreglada y sus gafas a pleno brillo, quizá fueran nuevas. Parecía que su aparición fuera fortuita. De cualquier forma, fue providencial porque había que arreglar viejas cuentas, avatares de la vida que lo habían alejado del círculo y que se habían malquistado. Lo importante, al parecer, era el tamaño de algunos textículos de sus juegos florales privados. Una nimiedad que hacía la punta del iceberg de otros desacuerdos nimios. Don Elías, con afán conciliador se acercó a la barra y lo abrazó. Tras darle la bienvenida efusivamente, al principio don Rodrigo pareció abrumado y hasta acobardado.

Más tarde, sentado a la mesa, sonrió con ganas como antaño acostumbraba. Quizá recordaba el eco de viejas tardes en color sepia, tardes de libros y escritores que los encumbraron. Qué tiempos aquellos que habían quedado como muebles cubiertos de polvo en sus almas. Ahora se hacían presentes.

─ ¡Qué placer, don Rodrigo! – atacó don Elías para elevar el ambiente de acogida de aquel difunto recién aparecido. Estábamos hablando del mundo y de la tristeza que nos provoca. De hecho, todavía no habíamos empezado a hablar de lo nuestro. ¿Qué le trae entre nosotros?

─ Bueno... casualmente he topado con el lugar de la reunión y me he dicho por qué no pasar un rato a hablar de asuntos inmortales. Si total estaba de paso por Bilbao y no tenía nada que hacer. Es tan poco interesante lo que ofrece la vida.

─ Me llena de alegría verle entre nosotros, don Rodrigo. Y discúlpeme si me he dejado llevar por mi facundia algunas veces en el pasado; ya conoce mis rarezas. A propósito ¿qué tal su última novela? – preguntó don Miguel ávidamente intrigado.

─ No he vendido muchos ejemplares pero, al menos, he cambiado de editor y me siento feliz.

─ Nos alegramos todos de que se haya acercado por aquí – terció don Julián –. Le echábamos tanto de menos. Usted seguro que dará colorido a nuestra charla con sus apreciaciones.

─ He estado en varias ferias promocionando mi último libro y tenía ganas de parar por aquí – confesó don Rodrigo. A decir verdad no sabía cómo encontrarles pero sospechaba que no estarían muy lejos de nuestro antiguo templo. Vamos, en un radio de acción infinitesimal. He pasado por allí y no hay ni rastro de nuestro rincón. En su lugar hay varios burros con ropa femenina de temporada. Acaso andarían las musas o se oirían las voces nuestras dando fe del fervor que nos unía. Algo quedará...

Estuvieron recordando los tiempos de antaño cuando se reunían religiosamente en el café; sus relatos a ocho o más manos, sus tardes de gloria en las que se pudo oír el piar de un alcaraván; sus excursiones gastronómico-literarias. En fin, abierta la espita del recuerdo quién la detiene. Fueron de nuevo felices ajenos al ir y venir de las gentes y al girar del globo terráqueo.

─ Perdonad – entró en tromba don Elías –, antes de la entrada triunfal de don Rodrigo estábamos hablando de los telediarios y la muerte que se puede contemplar frívolamente en ellos... La verdad es que he estado reflexionando y la muerte que más me ha impactado siempre es la de Mesala, el tribuno. Veo cada año Ben-hur y no puedo resistir sus estertores en la camilla del circo. “El vendrá y no quiero que me vea como una alimaña” dice el amigo de Juda ya agonizante. Lo espera para derramar en su espíritu el último veneno. Es una secuencia casi de telediario, en directo. El cuerpo lleno de sangre y el dolor que le hace retorcerse. Una muerte digna de ser filmada. Lástima que Stephen Boyd, el actor que dio vida al personaje, no fuese afortunado en su carrera cinematográfica después de aquel peliculón... Tal vez toda la suerte que no tuvo se la pasó a Heston, el héroe del drama, el héroe por antonomasia que sólo tiene un pero: sus cuartos traseros le hacen un andar levemente extraño. Pero la planta es imponente.

─ Y esa escena de las galeras – apostilló don Miguel con emoción –: “número 41, te mantenemos vivo para que sirvas a esta galera; así que rema y vive” le dice Quinto Arrio sabiendo que el galeote no era un cualquiera.

─ En fin, no quería ser pesado con este asunto – se excusó don Elías.

─ Sí, don Elías ya va siendo hora que hablemos de mi libro ¿no? – sugirió don Miguel, presa de una impaciencia repentina.

Se ha hecho tarde. Cae la noche. La luna, sujeta con alfileres invisibles sobre una negrura inmensa, vigila las calles. Se van las palabras. Han estado reunidos de nuevo: los recuerdos vuelven una y otra vez en un eterno retornar que es la vida. La obra, profunda, y los comentarios, sabrosos también, abren la noche. No es el fin sino un día más que declina.

Por Semana Santa, volverá a morir Mesala ensangrentado como si de un telediario romano se tratara, que hablase sobre el odio y la condición humana. Mientras la eterna ruleta de la vida sigue su curso interminablemente.

 

El maestresala